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25 marzo 2013 1 25 /03 /marzo /2013 22:35

            mujeres de santa genovevaNo tienen la menor noción de esa religiosidad pulcra y extática que se les demandaba desde las altas instancias eclesiásticas, ni tenían el más mínimo conocimiento de la nueva teología dogmática que elevan a la intelectualidad los escolásticos que merodean el mundo del misticismos para imponer tesis inescrutables para la mayoría de los mortales y que les envuelven en un tul de elucubraciones que escapan a sus razones y no pasarán de la participación de los esenciales ritos en la celebración de la sagrada eucaristía, el canto de la salve o la oración coral del padrenuestro en algunos momentos de la vida.

            Saben mucho de la desesperación y el desánimo, de sufrimientos intensos porque acucian los problemas en casa desde que se inició esta crisis y el paro se hizo presencia en los salones de la vivienda, que ya comparten tres generaciones de la misma familia y que son víctimas, aunque ahora quieran los verdaderos culpables, algunos dándose golpes en el pecho, que paguen los desvaríos y atropellos económicos que cometieron. Tienen que dar muchas vueltas a la cabeza para poder poner el plato de comida encima de la mesa, fomentando la imaginación para crear un ambiente de reconciliación familiar, que todos encuentren un momento de cordialidad para que no se fracturen los principales vínculos afectivos. Saben mucho de soledades y de martirios con las horas, intentando esquivar las sombras de la tarde mientras las garras de la tristeza ahondan en la garganta hasta provocar un dolor extraordinario, que disimulan con un gesto, símil de una sonrisa extraviada en el tiempo, para no acelerar la descomposición de la vida.

            Hoy se han revestido con su hábito. No tienen sedas bruñidas engarzadas con oros en bastidores de nobles bordadores, ni cíngulos trenzados que imitan las blondas de importantes casas conventuales, no congregaciones antiguas. No cubren sus pies con charoles ni las rematan con platas cinceladas donde se reproduce el nombre de una devoción. No tienen cubierto el rostro por el raso de un capirote. El ruán son las lágrimas de sus peticiones y si acaso se ciñen la cintura no lo hacen con rudos espartos, ni tienen ceñidores hilados con finos oropeles, que mortifican sus carnes, porque ya tienen oprimida el alma hasta las mismas aristas del sentimiento.

            A diario entran en el templo con cierta vergüenza, sin recordar que la tierra prometida será pisada por los desheredados, que antes entrara un camello por el ojo de una aguja que un rico en el reino de Dios, y no saben que el interior del Sagrario empieza relucir una luz especial y la sangre del que da la vida y ofrece su cuerpo se convierte en verbo para enunciar la gran dicha. ¿Quién me visita que hasta mí llega su gracia? Hoy se quedan fuera esperando que salga Él a verlas, a descubrir el resplandor que mana de unos ojos que se cristalizan apenas las sombras se transfiguran y dejan paso al sol y aparece altivo, abandonado por sus propios discípulos, deseando cruzar el umbral y resolver la dicotomía de la lucha entre el bien y el mal, de aclarar los por qués de su presencia y su prestancia en aquel lugar, para liberar la incógnita de una ecuación sentimental que tiene por solución un encuentro. El de Cristo con las mujeres.

            Allí están ellas. Pegadas al fulgor del dorado, donde no ven más que la bondad del Señor, donde encuentran palabras de sosiego a sus preocupaciones, donde dejan sus peticiones en la certidumbre de que serán escuchadas, que no caerán en el barranco del olvido, donde esconden las lágrimas por las promesas cumplidas, por la que están por llegar. Allí van, al socaire del mensaje de amor del Cristo Cautivo, solo y abandonado por los que proclamaban quererle, Acompañándolo por este trasiego del laberinto de estas mujeres, madres, esposas, hijas y hermanas que Lo sienten como el único asidero posible, como la única solución a los problemas que atosigan sus almas, que atormentan sus corazones, que luchan por sacar adelante lo que la sociedad les ha retirado inmisericordemente. Son las mujeres del Tiro de Línea. Allí se reproduce y recupera el mensaje salvífico del Dios que se hace hombre. En Santa Genoveva se recupera el mejor mensaje de amor y entrega. El de las mujeres que luchan por dar sentido a sus vidas y a los que les rodean. En Santa Genoveva el Señor nunca está solo.

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Published by Antonio García Rodríguez
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