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20 septiembre 2013 5 20 /09 /septiembre /2013 18:28

634997268043874343w1.jpgCreo que pertenezco a este grupúsculo de la generación de románticos en la que me críe –en vías de extinción, supongo- y en la que creo todavía, en la que descubrí la pulcritud y la blandura de la inocencia, de esos últimos ilusos que creemos en la honestidad y la ingenuidad, que cuando alguien acomete una acción jamás pensamos que pueda llevar dobleces ni esconder malicia. No me arrepiento de este candor. Muy al contrario me enorgullezco de ello. Siento, en esas experiencias que mantengo mi propia identidad, que se siguen compartiendo las cosas grandes de la vida, que las emociones se muestran con mayor rotundidad y nos enervan los sentidos.

Uno de los primeros libros que me impresionaron, por la contundencia de su mensaje, por la intensidad filosófica que transmitía y por la bella crudeza de la narración y evolución de las circunstancias del personaje principal, fue Emilio o De la Educación, de Jean-Jacques Rousseau. Conmociona el hilo argumental de esta obra filosófica en la que su autor, estamos hablando de la medianía del siglo dieciocho, unas decenas de años antes de la toma de la Bastilla, con la que dio inicio la revolución francesa, aborda temas políticos y filosóficos concernientes a la relación del individuo con la sociedad, particularmente señala cómo el individuo puede conservar su bondad natural, un don que prevalece en el momento mismo del nacimiento hasta los primeros síntomas de la razón incrustándose en la vida misma del individuo. Rousseau sostiene que el hombre es bueno por naturaleza, mientras participa de una sociedad inevitablemente corrupta, que lo va apartando, invocado por las propias necesidades de los intereses y conveniencias, casi siempre ajenos a su propia. En Emilio, el filósofo francés propone, mediante la descripción del mismo, un sistema educativo que permita al “hombre natural” convivir con esa sociedad corrupta. Rousseau acompaña el tratado de una historia novelada del joven Emilio y su tutor, para ilustrar cómo se debe educar al ciudadano ideal, preservarlo de la maldad impuesta por la propia sociedad y conseguir que el hombre mantenga puro y equilibrado, en la razón y en el sentimiento.

Aquella obra me enseñó a contemplar, como otras después vinieron a certificar mis intuiciones, a distinguir y separar las cosas buenas de las malas, a aceptar que la ingenuidad no debe verse sometida a la superioridad de la razón, que son cosas que pueden compaginarse sin alterarse ni descomponerse la una con la otra, y no llegar a relegar a aquella en los supuesto de imbecilidad. Ser buenos no debe llevar aparejado ningún sometimiento. Pero es cierto que la sociedad corrompe, que el género humano prefiere encadenarse a la maldad porque reporta mayores beneficios, principalmente materiales. Por eso no está bien visto ser bueno, o intentar serlo. Lo principal en estos acontecimientos, cuando alguien ejecuta una acción, es presuponer su mala intención para poder ejecutar del mismo modo sus propósitos. Piensa mal y acertarás, es un dicho que cobra todos los días sus diezmos a esta sociedad que necesita alimentarse y devorar la buena voluntad, que se robustece con la mala interpretación de quienes intentan hacer las cosas desprovistas de maldad.

Prefiero seguir siendo un pequeño romántico, empedernido seguidor de sus valores y manifestarme siempre, siempre, con la presunción de inocencia de mis semejantes. Seguiré intentando mantenerme en estos postulados, que me proporcionan felicidad y dicha e incluso me dejan dormir.

 

Sin duda alguna es preferible mantenerse en la caridad y en la naturaleza bondadosa del hombre a bordear las turbulentas orillas de la sobriedad de la razón. Es bueno ser bueno.

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Published by Antonio García Rodríguez
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