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31 enero 2013 4 31 /01 /enero /2013 13:04

              expiracion.jpgSeguía concentrándose un gentío ansioso por renovar el rito que conduce inevitablemente a la belleza. Las primeras sombras inundaban el perímetro de la plaza y la fachada del antiguo convento de la Merced, que recoge en sus entrañas las pinturas de Velázquez, Murillo, Valdés Leal o García Ramos, comenzaba a desquiciarse porque las luces esquivaban su hermosura. Quedaban atrás las prisas, las carreras sorteando cofradías que ya habíamos contemplado. La severidad de la Vera Cruz, la sobriedad enjugada con pinceladas artísticas de belleza, los esplendores populares de Santa Genoveva y San Gonzalo rasgando los perímetros imposibles de la distancia, el Beso de Judas volviendo majestuoso por la Cuesta del Rosario, venciendo los remordimientos de la traición y entonando perdón apenas se acercaba a la Alfalfa, mientras en San Andrés los toques a muerto de las campanas de la parroquia abrían a la emoción un senda por la trasladaba a Cristo a su sepulcro, a la tumba que debería convertirse en el primer testigo material de la alegría de la cristiandad y la Virgen de Guadalupe pregonaba su insultante niñez al aire de viejo barrio judío aunque ya comenzaba a sentir añoranzas por el regreso al arrabal que asomaba a las orillas del río, habían quedado atrás, ancladas las visiones en la memoria de un grupo de jóvenes que comenzaban a perpetuarse en las vivencias mejores del mejor tiempo de la ciudad .

            Corríamos presuroso, acortando el camino. Sentíamos bullir en el interior de nuestras almas la necesidad de la situación de privilegio donde poder contemplar el paso íntegro de la cofradía, desde la cruz de guía hasta los últimos aromas de las exóticas flores que acompañaban el enorme dolor de la Virgen. Las prisas ya quedaban para el retorno, cuando la satisfacción rebosaba el espíritu, y la hora establecida para el regreso a la casa, iniciaba la cuenta atrás. Ya no teníamos la necesidad adelantarnos para no quedarnos vacíos. La juventud nos imponía su vitalidad y no encontrábamos razón para el cansancio.

            Aparecían con la cadencia de los siglos, con dl compás del tiempo detenido. Eran figuraciones extrasensoriales, presencias fantasmagóricas que regresaban del pasado para instituirse en el presente, para dar testimonio de la encíclica que había vencido a la eternidad. Esperábamos pacientes, orillados en la estrechez de la calle, oteando la fuerza lumínica que resplandecía, venciendo a la oscuridad impuesta, en el orto de la plaza, sorteando la majestuosidad del laurel, a que fueran pasando los tramos. El silencio se imponía. La cruz de guía, franqueada por la estoicidad de dos nazarenos, al que le precedía el rigor y la seriedad de otro, que señalaba el camino, rasgaba el velo de la noche. Fluctuaba y ronroneando con el aire, acariciándolo con el balanceo del firme caminar. El rumor se transformaba en expectación. Con la majestuosidad de su concepción, se nos aparecía. Suspendido por el esfuerzo venía a concedernos el último hálito de su vida, la primera consigna para la salvación. Murmuraba a nuestro lado alguien, queriéndonos instruir incluso con el desconocimiento, que una vez llevó música solemne, armonías de banda de música que interpretaba composiciones de grandes maestros de las marchas procesionales, de Antonio Pantión, de Manuel Font de Anta. Y nosotros apenas podíamos dar crédito a las palabras del desconocido. Pera asumíamos la enseñanza, la agradecíamos con sonrisas, con silencios, pues no queríamos ahora perturbar aquella composición del tiempo, aquella conjugación del espacio, de las dimensiones, aquella representación visual que iría conformando la espiritualidad desde el entendimiento.

            Alzado, anhelando que un resquicio del aire de la ciudad anegara sus pulmones, contorsionado en la búsqueda del oxígeno, venía el Cristo de la Expiración, extramente oscuro, con la piel morena acrecentada por la intimidad que procuraba la oscuridad.

            El tiempo se ha precipitado venciendo a la memoria y la nostalgia. El pasado ha aturdido a este presente que se manifiesta de manera tan extraordinaria ante mí. Veo su cuerpo como lo apreciaba en las noches de los lunes santos de mi juventud, buscando el oxigeno de mis vivencias para retornar a la vida, empujando su cuerpo hacia el cielo sevillano. Lo veo ahora como no lo adivinaba antes, apreciando la belleza con que fuera concebido, con la pulcritud y el esmero con el que lo vieran sus coetáneos. En el museo ha resucitado, al esplendor de su origen y al magnificencia de su creador, el Cristo que Expira y vence constante e inexcusablemente a la muerte, el que Cristo que da la vida y nos da el aire para redimirnos

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Published by Antonio García Rodríguez
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