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3 enero 2013 4 03 /01 /enero /2013 12:54

            viriato.jpgTodavía no entiendo muy bien ésto de la memoria histórica. Debo ser algo torpe para ésto de las cuestiones jurídicas embrocadas en el fascinante mundo de la política. Esperemos que a los judíos, más aún a los árabes, nos les dé por repasar la historia y saque alguna trama sobre la actitud de nuestros antepasados. Aquí, en este mismo suelo que pisamos y queremos, en esta misma ciudad que nos cobija, se establecieron civilizaciones durante siglos y potenciaron sus culturas, arraigaron sus costumbres y alternaron hasta las religiones, sin ningún tipo de problemas. Y de todas sacamos lo mejor, las cuestiones negativas las apartamos y en esta simbiosis fuimos conformando una forma de entender la vida que nos ha hecho muy particulares, que nos distinguen de otras en las que las influencias culturales y sentimentales se basamentaban en una espiral reformadora de una única civilización. Lo malo de esta recuperación histórica, de este salto atrás en la memoria, que digo yo que debe ser poética porque ninguno de los que ahora se pronuncian con tanta vehemencia tienen edad para resucitarla, es que se entronca con un solo bando, donde unos aparecen como verdaderos santos y criminalizan al contrario convirtiéndolos, a todos, en poco menos que reencarnaciones de Pedro Botero. ¿Acaso soy yo culpable de la maldad de mi padre?

            Cualquier cosa, cualquier hecho, sirve para denigrar y vulnerar el derecho a la respetabilidad de las personas. Acaban de renovar el título del Marquesado de Queipo de Llano, tras la petición realizada por su nieto, amparándose en los derechos de la sucesión de títulos nobiliarios. Es una opción legítima del heredero y ha obrado en consecuencia a él. Y el estado ha tenido a bien conceder éste.

            Ahora saltan voces, vinculadas a asociaciones que entroncan con la Ley de la Memoria Histórica, intentando revocar lo que el derecho tiene concedido, un intento de vulnerar el sistema, que a lo mejor es lo que hay que cambiar. No podemos poner en un brete, y mucho menos justificar, las actitudes y los gestos que confluyeron en aquellos tristes años, en el genocidio que fue aquel enfrentamiento entre ciudadanos de un mismo país. No tenemos más remedio que reconocer los crímenes que se cometieron, por ambos bandos, no lo olvidemos que aquí se ha reconocido a encausados en crímenes de inocentes, y que casualmente son obviados en las referencias, nombrándolos doctor honoris causa, y asentir con dolor y estupefacción al veracidad de los hechos que acontecieron hace casi ochenta años. Pero también tenemos que convenir que una cosa es la historia y otra la legitimidad en la que nos desenvolvemos en la actualidad.

            Es necesaria la paralización del rencor. Hay que recuperar los cadáveres de quienes fueron ejecutados sin juicio y que sus familiares puedan descansar de esa pesadilla. Es de justicia y honor que reposen en lugar adecuado y sus descendientes puedan ofrendar sus oraciones o sus pensamientos a los restos fúnebres, porque es parte de nuestra cultura rendir honor a los muertos. Pero no podemos transgredir estas fronteras revitalizando, cada vez que se haga referencia a algunos de los tristes protagonistas, aquellos años de rencor y muerte, de tortura y martirio. No es ésta, entiendo yo, la forma de avanzar, de progresar. No podemos estar constantemente viviendo y retornando a aquellos años. No hay más que mirar a otros países europeos que han logrado unificar sus intereses vitales por el bien de la comunidad. Y no creo que hayan dado la espalda a sus historias, principalmente contemporánea. Es cuestión de entender que la historia es algo que pasó, de la que debemos extraer las consecuencias y valorarlas para recaer en los errores que se cometieron. Si acaso el tiempo pondrá a cada uno en el lugar que le corresponde. Hay que esperar y que los años impongan su justicia y observar las valoraciones de historiadores que mediten e interpongan sus estudios e investigaciones desde el objetividad. De otra forma estaremos potenciando el rencor, la animadversión y posibilitando la recuperación de consignas y políticas que provocan el terror.

            Los descendientes de los principales protagonista de los sucesos de los años treinta no son responsables de los actos que cometieran sus predecesores. Tal vez, incluso, pueden llegar a ser sus propias víctimas.

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Published by Antonio García Rodríguez
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