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20 agosto 2013 2 20 /08 /agosto /2013 11:43

           turistas-sevilla1.jpg Éste es el calor de todos los años. El mismo que padecimos hace una década y que sufrieron nuestros padres en su infancia. No hay que darle más vueltas. Lo que pasa es que desmembramos, de nuestras memorias, los momentos que nos hacen y no recordamos los cuarenta y cinco grados de hace doce meses. Hay que resignarse a vivir con esto, digerir que el calor es una parte de la idiosincrasia de la ciudad y hay, incluso, quienes vienen dispuestos a convivir, durante unos días, con las altas temperaturas. Cuando nosotros huimos de él, llegan los turistas a sofocarse con las altas temperaturas. Los ves paseando a las cuatro de la tarde y ya padeces un acceso de golpe de calor, aunque encontremos refugio en el aire acondicionado del tranvía.

            Quienes hemos realizado turismo alguna vez, sabemos que disponemos de unos días para verlo todo, pero todo, absolutamente todo, así se eleve la nieve dos metros de la calzada o se derrita el asfalto por la candela que cae del cielo. Comentaba, el otro día, una pasajera del metro centro, cómo era posible aguantar ese calor, y además con calcetines. La observación, sobre las prendas en los pies, es digna de un estudio sociológico, es cierto. Pero también es cierto que los pinreles son los que acucian y sufren más los efectos de la sudoración y que hay quienes son incapaces de soportar este efecto. Notar cómo se resbalan, por efecto de la sudoración, por las láminas de plástico de las sandalias es una sensación, a mi parecer, extremadamente repulsiva. Por eso yo no utilizo ni chanclas ni sandalias, por aquello de la estética. En cuanto al sufrimiento por los efectos del calor, poder soportar los cuarenta grados, que no inflige el verano, es cuestión de voluntad y de la imposición horaria de las visitas a los principales monumentos de la ciudad, a sus productos que ofertamos, a través de las agencias de turismo y de los consorcios municipales que nuestra cultura y nuestra forma de vida. Si quitamos la Catedral, que suele mantener abiertas sus puertas hasta las seis de la tarde los domingos, para la visita turística, que para el culto es otro tema, la basílica de la Macarena que abre a las nueve de la mañana y cierra sus puertas a las veintiuna horas, todos los demás, difícilmente mantienen otros horarios para facilitar la visita. Siempre se pueden apreciar las grandezas arquitectónicas desde el exterior. Y hasta vuelven a sus exóticos lugares de residencia asombrados por la magnificencia de los más importantes y emblemáticos edificios.

            Ver a grupos de turistas japoneses, alemanes o de dónde sean, pasear en las primeras horas de la tardes bajo los tórridos efectos del calor, no es más que una necesidad de espacio y tiempo, de recopilar imágenes en sus cámaras digitales para luego poder deleitarse en sus domicilios, con ellas.

            Mientras nosotros a combatir el calor como siempre, aunque en nuestros tiempos disponemos de estos aparatitos que rebajan la temperatura de nuestros hogares y elevan las de la atmósfera, alterando los índices climatológicos.

            El calor siempre es calor. Lo seguirá siendo en el futuro. Por mucho que nos quejemos, por mucho que olvidemos las temperaturas sufridas en años anteriores, esto es siempre lo mismo. Noches de insomnio, gente abanicándose, turistas acalorados recorriendo las calles, gorditos y gorditas sofocadas, consumiendo botellitas de agua, levantarse de la siesta empapados de sudor, caídas de tardes buscando el cobijo de las primeras sombras, al aire libre, con una cerveza en la mano, el dueño del bar de la esquina regando su parcela. El calor, en los meses de verano, es una seña de identidad de nuestra ciudad, de esta Sevilla que, desde los tiempos de los árabes, ha ido buscando soluciones para combatirlo.

 

No me gusta el aire acondicionado, me molesta incluso cuando llevo algún tiempo bajo su influencia. Soy más de sandía y búcaro, de melón fresquito. Soporto el calor, aunque no me gusta nada. Prefiero otras épocas. Debo ser un raro espécimen. Pero me gusta esta ciudad incluso con el sofoco del calor.

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Published by Antonio García Rodríguez
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