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13 mayo 2013 1 13 /05 /mayo /2013 11:22

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Ayer se celebraba, convocada por las fuerzas sociales que integran el movimiento 15 de mayo, que cumplía dos años desde su erección, en las más importantes capitales de la nación, una manifestación como protesta a la degeneración social y económica que está asolando el país.

Numerosas personas se unieron a estas protestas pacíficas e inundaron las calles con lemas reivindicativos, y que exigían la toma de medidas inmediatas para solucionar, de una vez, este gran problema que está destruyendo la sociedad con más de seis millones de parados. Se está eternizando esta situación y muchas familias ya no tiene donde acudir, si no son centros de beneficencia, que curiosamente no están regidas por estamentos o instituciones políticas, que parece ser solo tienen preocupaciones por cuestiones baladíes, sin importarles lo más mínimo, que el desempleo consiga cotas históricas, que los jóvenes tengan que marcharse para poder labrarse un provenir o que las atenciones médicas y la enseñanza pública no consigan las inversiones necesarias para poder ampliar, a los ciudadanos, estos necesarios servicios, que si no dejan de mantener la calidad, es gracias a los profesionales que se esfuerzan en atender y procurar lo que las instituciones son incapaces de sostener.

Los recortes, que a veces me pregunto si de verdad se están llevando a cabo en donde debieran efectuarse y no en los de siempre, están propiciando la falta de inversión. Los bancos siguen sometiendo a sus clientes, les imponen condiciones leoninas en el cobro de comisiones y tienen paralizada la concesión de préstamos a los inversores, a los emprendedores, que son los que reactivan la situación económica con su valentía y su decisión. 

Comentaban ayer en el diario El País, que un empresario catalán, Edu Sentís, había obtenido la concesión, para la fabricación, instalación y mantenimiento, del servicio de bicicletas Copenhague, ciudad modelo para este tipo de transporte, licencia a la que presentaron proyectos más de treinta empresas de todo el mundo, a la que optaron con una propuesta innovadora, en la que los velocípedos se fabricarían en nuestro país, lo que generaría nuevos empleos, y potenciaría un mercado y nuevas expectativas económicas en este sector industrial.

No contaba el empresario, a pesar de la atractiva operación para cualquier entidad financiera, en otra parte del mundo, claro, que estamos en España en donde poco menos hay que ser multimillonario para poder avalar un negocio de esta envergadura, un estado donde los bancos necesitan garantizar los préstamos a la inversión con el 120% del valor de la transacción. Para ejecutar el proyecto, que además tenía probada la liquidez con dos millones de euros de beneficios –los daneses se obligan a pagar al empresario conforme se van ejecutando los plazos de obras- necesitaba tres millones. Ninguna entidad financiera ha querido “invertir”, casi sin riesgo, en la idea de este emprendedor. Pero lo peor es que las instituciones establecidas por el gobierno para concretar ayudas, tampoco han querido proporcionar y reconducir las soluciones para que una empresa española, repito, con margen de beneficio estimado de antemano, pueda contribuir a frenar el descalabre de una situación que se está enquistando de manera peligrosa, en el tejido más sensible de su cuerpo. Así no hay manera de regenerar la situación económica.

Si el dinero que se inyecta a los bancos solo sirve para nivelar sus balances y resultados positivos, el país va al desastre. Y no me refiero al éstos, sino a los ciudadanos que cada vez cuentan con menos derechos, con más impuestos y con una sustancial rebaja en el bienestar.

Ayer volvimos a manifestarnos. Y no éramos perrosflautas, sino gente que estamos pasándolo muy mal, gracias a la presión de este gobierno –señor Rajoy, ¿los españoles somos sólo los ciudadanos? ¿Son los bancos una casta especial a los que tenemos que engordar a costa de nuestra sangre?- y de la inutilidad del anterior – ¡jóder con la sociedad del bienestar que nos prometían!-. Había médicos, profesores de universidad, licenciados, profesionales, amas de casa, niños con ropa de sus hermanos mayores y hasta abuelos, que son los que están manteniendo con sus pensiones a familias enteras. Dios sabe qué puede pasar cuando empiecen a faltar. Que sea dentro de muchos años. Y lo peor, es que nos estamos acostumbrando a la necesidad.

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Published by Antonio García Rodríguez
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