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20 febrero 2013 3 20 /02 /febrero /2013 11:28

           Publicacion1-copia-2.jpg Debe ser este tiempo gris que anega los espacios y los reconvierte en pantallas donde se proyectan los recuerdos. O esta gripe que se aferra en mi cuerpo, que se obstina en mantenerme anclado al lecho. Qué tristeza. Me asomo al balcón y se remueven todos los sentidos. No tenemos edad en la memoria. Todo nos parece renovado pero no es cierto. Las cosas son como siempre han sido. Por mucho que nos empeñemos en variarlas seguirán presentándose tal como fueron concebidas. El dantesco edificio sigue ahí cegándome la visión del campo, de un horizonte limpio. Solo variamos nosotros. Nos deterioramos físicamente y, en un alarde de egoísmo, intentamos arrastrar con nuestro declive las cosas que nos rodean.

            La desnaturalización, por ejemplo, de la cuaresma. Este tiempo de reconciliación y recapitulación, podría servirnos para encontrar respuesta a los graves problemas que nos rodean, pero más aún podría significar, con la meditación y algo de austeridad en nuestros comportamientos, el reencuentro con Dios, que es como reencontrarnos a nosotros mismos.

            Si, definitivamente es este panorama gris, lo que me lleva por los caminos de la nostalgia, a solicitar una tregua en el presente y procurar que las horas de una juventud ya lejana se manifiesten. Quiero regresar, apartando el esterón de los años, a la iglesia que se configura y se hace actualidad en mi memoria. A recuperar los sones quebrado por la cretona de una radio de la marcha Aguas y ausentarme del hoy con la melódica voz que anuncia “Sentir Cofradiero, un canto a la Semana Santa de Sevilla”. O perderme los entresijos del tiempo, de regreso del instituto, atravesando San Martín cuando la tarde comenzaba a verter su plomicia apariencia sobre la ciudad, oyendo la Pasión Según Sevilla, de radio Peninsular, donde advertí que la emoción podía desembocar en el descubrimiento de nuevas sensaciones, de hermosos artículos radiofónicos evocando momentos y situaciones, por entonces, ya lejanas de Montero Galvache, mientras sonaba de fondo tus Dolores son mis Penas, de Don Antonio Patión.

            Sí, es la melancolía de este ambiente, lo que me hace recomponer mi memoria, ajustarla para no perder los aromas a miel y a dulces friéndose, el olor que incitaba a la proximidad de la mejor Semana del año, que nos invitaba a destituir el dolor y a conmocionarnos con la contemplación de una bandeja de torrijas recién elaboradas, colocada en lo alto del frigorífico para la alejarlas de nuestra ansias, de la tentación por engullirlas de inmediato. La espera realzaba el valor de aquellas sencillas cosas, las hacíamos importante porque no las teníamos de inmediato y sabían a gloria cuando las alcanzábamos, cuando nos las ofrecían.

            Debe ser la fiebre, porque se aparece ante mí la mesa con aquel cuenco repleto de orejitas de haba, una especia de de rosquilla enlazada, dulce propio de Coria, y una botella de anís, en la mañana de un domingo de ramos, con la túnica de la Borriquita colgando de la barra de la cortina del salón y el ajetreo nervioso de mi madre para dejarlo todo dispuesto antes de salir para Sevilla.

            Estamos en Cuaresma y parece que queremos eludir estos momentos. No le damos pausa a este tiempo. Queremos precipitarlo por el barranco de la improvisación, instaurar momentos nuevos que nos delimitan en los sentimientos. Estamos desaprovechando estos días de preparación para la celebración de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, tenemos prisas por alcanzar lo que afortunada e irremediablemente llegará. Nos debatimos en cuestiones que nada tienen que ver con el origen de nuestros sentimientos, en la crítica burda y banal, en la mediocridad sobre la fuerza de los costaleros o en la optimización del acoso y derribo, en los foros virtuales, del hermano por el mero hecho de que piense lo contrario.

            Desde luego  me quedo con el romanticismo de algún programa de radio antiguo, con el recitado de las poesías de Rodríguez Buzón, Florencio Quintero y Antonio Osuna, en las voces de Agustín Navarro o José Manuel del Castillo. Escuchándolos aprendimos a ser cofrades. Y llegamos incluso hasta a formar parte de alguna junta de gobierno y a pregonar la semana santa desde el atril del Maestranza.

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Published by Antonio García Rodríguez
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