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13 marzo 2013 3 13 /03 /marzo /2013 13:21

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Ser valiente no reporta ni requiere necesariamente ser irresponsable. Mostrar los pensamientos propios, aún conociendo que pueden no coincidir con la opinión de quien se encuentre enfrente, es un acto de lealtad con la conciencia unívoca de cada uno. Hace tiempo que ya no temo a pronunciarme sobre lo que creo justo o expresar mi verdad. Cierto es que puedo equivocarme pero ahí es donde tienen que acudir las razones convincentes, de quién se encuentre en condición de rebatirla con exactitudes y veracidades, a ejercer su labor. De otra manera, por imposición del ego o del absolutismo, me será imposible traspasar la línea que separa mi vedad personal para instaurarme en otros campos de apacibles convicciones. Con voluntad todo se arregla. Pero callar la verdad no puede traer más que frustración cuando no desengaño e incomodidad en la conciencia.            

            Y es verdad que hay personas incapaces de entender que no mostrarse realmente puede llegar a engrandecer la vanidad de algunos. Ayer el profesor y maestro Javier Criado, que algo sabe de conductas y emociones porque cada día se enfrenta y descubre en su gabinete psiquiátrico nuevas pautas en las comportamientos del ser humano, comentaba que no había más extraordinario e inigualable que mostrar siempre la verdad, andar de frente y con el paso seguro, que diríamos en el argot costaleril. Divulgar elogios hacia personas y situaciones que les rodean es muy de aquí y en cuánto vuelve la espalda se lanzan improperios hacia quienes instantes antes habíamos adulado y, en el caso de la más servil hipocresía, hasta habíamos abrazado efusivamente. En términos coloquiales locales, decía este psiquiatra con apariencia de orate pero que está más cuerdo que el resto de los que estábamos en la sala, a esto se le llama dar coba. O peor aún, dar ojana.

            En nuestra ciudad, y muy especialmente en el mundillo cofradiero, se dan situaciones tan grotescas como felicitar, con amplia sonrisa y fuerte achuchón, a personas que tras pronunciar un pregón taberneril, cuando hubiera sido mejor evitar el encuentro para no menospreciar la inteligencia del interfecto. En muchísimas ocasiones engañamos a nuestra verdad, actos que hacen sentirnos miserables porque enaltecemos la mentira en compensación por no herir la sensibilidad de otros. ¿Es una buena aptitud ésta? ¿Hay que enaltecer la vanidad con la mentira? Pues mire usted, no hace falta. Porque de otros modos lo que hacemos es engañarnos nosotros mismos. Intentamos congratularnos con personas a las que no profesamos amistad y, en el mayor de los casos, hasta no podemos soporta su presencia cerca de nosotros.

            Hace algunos años ya que reservo mis abrazos y los espacio, voy depurando estas muestras de afecto y las guardo para quienes entiendo la merecen. En la vida hay que tener valentía para saber disociar la amistad, la verdadera amistad, del conocimiento. Por eso no sé porque se extrañan de un comportamiento coherente al pensamiento que profeso. Sé de alguno que me ha retirado la palabra, para satisfacción mía, porque no se le ha concedido una insignia que por su antigüedad, para más inri, no le correspondía. O que me llenan los oídos con palabras hermosas y loas y en la barra de un bar, cuidado con lo que se habla en estos lugares tan dados al destripamiento, que nunca se sabe quién está oyendo, me han tirado a los más oscuros infiernos.

            Recuerdo un día en el que un conocido, y muy reputado cofrade sevillano, se deshacía en elogios y alabanzas a un capataz. No hacía más que pasarle la mano por el hombro, de acercar su pecho a su corazón. Si se hubiera instituido el premio Nóbel al capataz, se lo hubiera otorgado en aquel mismo momento, cuando lo tenía frente a él. No había hecho más el hombre que cruzar la puerta del local y las cañas se volvieron lanzas. Vamos poco menos que había que proponerlo para un auto de fe y montar la pira en la esquina del barrio para inmolarlo públicamente. Con una suficiencia extraordinaria, no solo ponía en duda la valía del hombre al frente del paso, sino que aparecieron hasta problemas familiares e íntimos que no debían competer más que al interesado. La ojana sevillana no ha hecho más que procurar males y desencuentros con la realidad. Un poco de valentía no vendría mal para crear un mundo mejor, más serio y auténtico. Hay que callar menos y manifestarse, aunque nos equivoquemos, que si hay alguien que nos pueda rebatir y demostrar su verdad, aquí estoy yo para asumir mi error.

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Published by Antonio García Rodríguez
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