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7 enero 2013 1 07 /01 /enero /2013 14:40

sevilla_setas02.jpgHay un espacio en esta ciudad que huye de la memoria, que es incapaz de controlar sus impulsos, que no tiene retiene el instante y se ve inmiscuida, demasiado pronto y con acervada celeridad en el olvido. Hay brumas que van obstaculizando la visión y árboles que no nos dejan ver el bosque. ¿Encontraremos alguna vez la medida para enaltecer lo que nos importa, aunque sea sólo a nosotros? ¿Veremos alguna vez instituirse las esencias de nuestro pasado para poder conformar un futuro digno, donde la cultura, la tradición y el amor a nuestras costumbres puedan compaginarse con la modernidad y el progreso o tendremos que enfrentarlas para que se destruyan mutuamente? A quienes compete la responsabilidad, en la dirección de la ciudad, debían plantearse, de una vez por todas, incluir en los planes urbanísticos las necesarias penalizaciones para quienes se salten a la torera las normas que regulan las condiciones de edificabilidad y la parejidad visual con su entorno. Quienes adquieren una propiedad, o un solar donde levantar un edificio, deberían ser aleccionados con los modelos a seguir, que sus obras continuaran y no modificaran el paisaje urbano de una manera tan espantosa. Por más que aparezcan en las redes sociales fotografías que intentan embaucarnos con nuevos paisajistas de la ciudad, con nuevas panorámicas y novedosas muestras de horizontes, no comprenderé el por qué ni la razón de la imposición -porque ha sido éso, una dictatorial y faraónica impostura de gente de mal gobernar y peor gestión económica- del mamotreto de la Encarnación. He dejado pasar algún tiempo, desde que se terminaron las obras y de su posterior inauguración, porque llegaban versiones, de competentes y autorizadas personalidades del mundo de la arquitectura, de que sería cuestión de acomodarnos a su visión, que su integración en paisaje urbano vendría a engrandecer la monumentalidad de la urbe, que este portento de la ingeniería vendría a sustituir, en la memoria y en la historia, las edificaciones que ha sido sacrificadas para este despropósito, para este engendro que ha venido a destruir, o mejor dicho, a devastar lo que las modernidades y las excentricidades urbanitas de los regentes de mediados del siglo pasado, habían destrozado. Sigue pensando lo mismo que hace meses. Que este mamotreto, que esta desconsideración a la cultura sevillana, no va a sustituir jamás a la nobleza de los edificios que fueron demolidos para la concreción de la fealdad y de la impropiedad de su ubicación. Porque esta construcción carece de algo que no puede adquirirse ni con el tiempo ni con el despilfarro económico. De la vida. Es una construcción fría y por tanto desnaturaliza el entorno. Han volatilizado la escasa sensación vital que retenía la zona, despojándola de la vitalidad y humanización de la que gozó en otras décadas. Y lo que es peor; no ha supuesto ninguna revitalización de la económica de la zona, por mucho que nos quieran vender sobre la implantación de negocios hosteleros en sus bajos y locales. Que le pregunten a los placeros que ha sobrevivido al expolio. La sostenibilidad y la modernidad no se consiguen con la eliminación de los parajes que han dado gloria y esplendor a la ciudad, ni con la voladura de los cimientos culturales. Hemos desaprovechado una ocasión única para recuperar la fisonomía de una zona urbana que sigue despoblada. Han conseguido dotarla de una población transeúnte, que apenas echan el cierre los negocios multinacionales, se marcha y la convierte en un lugar inhóspito. Éso sí, con el rutilante y faraónico edificio sobrevolando la memoria de la ciudad y de unos cuantos catetos que muestran su expectación porque ascienden al mirador, a la cumbre y contemplan extasiados cómo perduran algunos monumentos. Quisieron hacernos creer que nos descubrían a los cielos de Sevilla. Ignorantes. No saben que ya los íbamos perdiendo cuando Romero Murube nos advertía del magnicidio que se estaba cometiendo. Delirios de grandeza de los omnipotentes y desabridos gestores que quisieron alcanzar el cielo y someternos a sus faraónicos proyectos con dinero público, mientras la gente es consumida por la pira de la crisis, que también potenciaron otros con ídolos dorados. Y ahora querrán que nos subamos a la azotea de la Pelli para que loemos sus grandezas, sus consecuciones, siempre a costa del sufrimiento y el sudor de estos esclavos que tienen amordazados con eslabones bancarios. ¿Qué hubiera sido de esta ciudad si la cordura se hubiera impuesto a las sinrazones? Pues que tal vez Romero Murube no hubiera tenido que escribir su obra y no necesitaríamos vencer el vértigo porque podríamos ver los cielos desde los balcones y las ventanas de nuestras casas.

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Published by Antonio García Rodríguez
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