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28 junio 2013 5 28 /06 /junio /2013 12:28

indignacion.jpgNo hay ni siquiera que pensarlo. No se puede ni se debe comer viendo el telediario, aunque ahora lo denominan noticias, magazine de información, como ya no hay diarios hablados, aquéllos solemnes partes que al menos no te revolvían el estómago o te quitaban el apetito por indignación o tristeza, y si sucedía esto último significaba que habría fallecido algún personaje de la tragicomedia española de las medianías del siglo o alguna tragedia natural. Desde luego no lo que vemos o nos informan hoy en día, que cuando no es el desvalijamiento de las arcas nacionales, por estos nuevos bucaneros que tienen la poquísima vergüenza de llamarse políticos, en claro detrimento de la honradez e integridad de la mayoría, es una cruenta masacre de un loco en una escuela o de un fanático religioso que se vuela por los aires llevándose por delante a decenas de inocentes.

Pero lo de ayer tiene que conmover, de una puñetera vez, a quienes son responsables de la situación de precariedad física, moral y espiritual por la que está atravesando este país, que a mí el resto del mundo me empieza a dar igual. ¿Hay algo peor, más triste, que tener que dejar a tus hijos porque no puedes darles de comer, porque no puedes las necesidades básicas para el aseo y la vestimenta? ¿Hay algo que pueda considerarse más infame? Claro que sí, hombre. La permisividad e impasividad de los promotores de estas situaciones que además no siquiera son capaces de buscar alternativas para que las familias no se desintegren por mor de la destrucción, si alguna vez existió, de la sociedad del bienestar que comenzaron a vendernos sin explicarnos que la prosperidad, la ventura y fortuna era su propio beneficio, que a los ciudadanos nos esperaban el auxilio social –sí, no utilizo esta denominación de manera arbitraria ni sin mala intención-, las casas de beneficencia y las colas en los comedores sociales, que por cierto, y aun a ser repetitivo y hasta cansino, todo estos estamentos, que están evitando revueltas y agitaciones callejeras, están regidos por la Iglesia o por sociedades anejas a ellas.

¿Qué sentiría este matrimonio cuando se despidieron de sus hijos? Estoy seguro que una tristeza enorme arrasaría su corazón, que un profundo dolor recorrería sus entrañas. ¿En qué lugar del averno habitan y placen estos politicuchos que miran para otro lado cuando suceden estas cosas? Lo mismo ni se enteran porque viven en sus particulares paraísos, en sus mundos hermosos y rosados ¿Serán capaces de mirar a los suyos sin sentir un atisbo de remordimientos? Cuando una sociedad es testigo de hecho como éste significa que algo comienza pudrirse en los escasos valores que guarda, que se está descomponiendo el germen principal y básico de la estructural emocional y que solo es capaz de mirar a sus adentros y deshacerse de cualquier signo de solidaridad.

Aquí como llegue un listo, enarbolando la demagogía, blandiendo proclamas populistas pero que aseguren, protejan y cubran las necesidades básicas, se queda con el cotarro. Primer paso para reimplantar y promover el fascismo más oscuro. No hay más que retrotraer páginas en el gran libro de la historia. A cualquiera de esta personas que se ven obligadas, incluso a dejar sus hijos, en estas nuevas esclusas que ahora denominan servicios sociales, le prometen pan, y si me apuran hasta circo, y hecha a los leones los idearios y hasta la libertad, y le importará tres pitos que la bandera lleve un águila, una cruz gamada o una hoz y un martillo. Lo que le hará feliz es poder ver crecer a sus hijos, sin escasez ni penurias, ofrecerle una educación digna y una formación humana que le haga sentir la dignidad que a veces nos hacen perder. Poder vivir tranquilamente. Estamos muy cerca del vacío y nadie le gusta despeñarse.

Yo, desde luego, procuraré no comer más viendo y escuchando los partes, qué me gusta esta acepción derivada para denominar los espacios de noticias televisivos o radiofónicos, porque me retrotrae a la infancia, cuando aún mi madre mesaba mi pelo y posaba sus labios en mi frente; echo de menos sus manos y sus risas y sus besos.

 

Es preferible conversar con tu familia sobre las incidencias de la jornada a que te vacíen el corazón con tanta tristeza o enerven tus sentimientos, solivianten tu alma y cojas la pica de la palabra y la razón y te tires a la calle en busca de justicia.

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Published by Antonio García Rodríguez
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