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16 julio 2013 2 16 /07 /julio /2013 23:33

cristo-venta-internet--478x410.jpgTodo lo que sube baja. Es una ley física que no tiene contra respuesta posible. La ley de la gravedad, desde que Newton la proclamara, es inamovible, irreversible. Como lo son la naturalidad y la esencia de las cosas. Una piedra, lo que de niños describíamos como un china, es una piedra aquí, en Pernambuco o la Conchinchina. No hay otra.

            Hace algunos años, casi tres décadas ya, al hilo del tirón, relumbre y renacimiento de la fiesta religiosa más importante de la ciudad, se crearon unas asociaciones que giraban en torno a las esencias y verdades de la Semana Santa de Sevilla. La institucionalización de algo tan natural como eran las tertulias, en las trastiendas de los antiguos comercios de ultramarinos, en los colmados con aromas a especias y a embutidos, a aceite a granel y legumbres expuestas en sacos, vino a configurar un nuevo panorama en la vida social sevillana. La naturalidad de los encuentros, nunca forzados, sin necesidad de levantar actas sobre lo que se hablaba, sin más solemnidad que la que promovía la amistad y la camaradería, en torno a una botella de vino y un papelón con rodajas de chorizos, salchichón o chicharrones de Roig, se vio suplido, de la noche a la mañana, por unas instituciones nuevas, con formalidad estatutaria, con regímenes focalizados en la imposición de la tradición, menos escrupulosa como norma.

            Aquellas primeras asociaciones sirvieron, al menos, para revocar y asegurar la permanencia de la fiesta secularizada, en los más remotos lugares de la ciudad, en aquellos espacios donde las hermandades y cofradías no llegaban, donde vivían sus hermanos y devotos. Cumplían una función.  De todas aquellas, que nacieron en estas circunstancias, con naturalidad y sencillez, apenas quedan hoy algunos vestigios. La vorágine tertuliana de las medianías, de la década de los ochenta, se ha resuelto con la depuración esencial y natural. Hoy quedan apenas cinco o seis de aquéllas y mantienen su idiosincrasia y sus fines. Sabían lo que hacían y, aún hoy, continúan sabiéndolo. Se limitan a la magnificencia y la sacralización de sus sentimientos. Han depurado, eso sí, sus comportamientos y placen en el bienestar de la amistad de sus integrantes. Siguen reuniéndose para hablar de Semana Santa, para recordar los mejores momentos de los días grandes de la ciudad. Disfrutan con ello y guardan la certeza de la verdad de la fiesta religiosa. Continúan viviendo, enttre tanto despropósito, porque no han tergiversado sus principios fundacionales, porque han traicionado a la memoria y al sentido común, porque sus comportamientos se sitúan en la claridad de sus intenciones. No han traspasado la línea que han llevado a otras despeñamiento y a la desmembración.

            Hubo otras que quisieron transgredir las lindes. Acaparar el protagonismo que se les negaba en las hermandades y cofradías, porque en éstas fueron descubiertos o simplemente, sus aspiraciones no cumplían el requisito del servicio, de la entrega anónima que es lo que las hace grandes, lo que ha propiciado su consumación y pervivencia durante siglos. Y algunos tomaron derroteros equivocados. Quisieron construir, en dos días, lo que tarda siglos en consumarse. Estos disidentes intentaron elevar a sagrado lo vulgar. Consiguieron adquirir imágenes de Cristo, de la Virgen, y las entronizaban en los salones de sus casas, o peor aun, buscaban un rincón en el garaje y allí, decían, rendían culto, cuando el propósito era bien distinto, y a buen entendedor pocas palabras bastan. Algunos llegaron incluso a formalizar procesiones, con más presencia policial a su alrededor que algunas hermandades con siglos de existencia, que sé de muchas que tienen que cortar el tráfico ellas mismas. Bandas de música que se prestaban, y se prestan a estos esperpentos, a estos despropósitos donde la presunción, la vanaglorio y hasta el pavonea campan a sus anchas; cortejos que ya quisieran algunas de Gloria y enseres prestados, atento al dato, por cofradías con sede en el barrio, y donde la única reserva espiritual que se realizaba era la de la notoriedad. Y hasta carteles de convocatorias donde se celebraba la estación penitencial, a la asociación cultural del barrio. ¡E izquierdos por delante a un símil de paso de palio! De aquellos lodos estos barros.

            Leo con estupor, y hasta con vergüenza, cómo se comercializa con una imagen que llegó a procesionar y cómo se anuncia en una revista de compra y ventas. ¿Era necesario este estraperlo sentimental? ¿Era preciso aquéllo para escarnio de quienes sienten y viven la fe en torno a las Imágenes Sagradas, de quiénes sí saben que la verdadera Esencia se encuentra depositado en el tabernáculo, en los sagrarios? Esta vulgarización de los sentimientos y la devoción tiene sus culpables que no midieron la dimensión de sus acciones. Una vez más la vanidad de los hombres intenta sobreponerse a las creencias y la devoción anclada en los siglos. Ignorantes que prefieren la presunción a la Verdad, que se humilla en los Sagrarios.

 

 

 

 

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Published by Antonio García Rodríguez
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