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8 enero 2013 2 08 /01 /enero /2013 12:33

            una-carta-a-los-reyes-magos.jpgAsumía con resignación que el fuego de los años fuera consumiendo sus inquietudes. Una especie de pereza invadía su ser. La voluntad era como una fruta que había dejado de desear y se dejaba llevar por la cotidianidad y la monotonía. No, no era fácil seguir viviendo cuando comenzaron a faltarle las personas que más quería, cuando se fueron yendo los amigos con los que había compartido los mejores momentos, con los que disfrutado del deporte y con los que había mantenido una relación tan estrecha que podría vincularse con lazos de hermandad.

            Los días se convierten en meros tránsitos hasta el final. Desde que amanecía se rodeaba de soledad y comenzaba a desplegar los hábitos rutinarios. Asearse, desayunar, bajar por el periódico, dar una vuelta por las lindes del barrio, intercambiar algunas frases con los vecinos, mirar el buzón, retornar al domicilio, leer la prensa, llamar a su hijo para constatar que la vida era inmensamente ingrata, almorzar, ver la televisión, hastiarse de ella, caer en brazos de Morfeo, vencer el sopor con un café, rastrear por internet hasta aburrirse, prepararse la cena, añorar a la mujer con la que compartió cincuenta años, ver una película, acostarse, no dormir, caer rendido en la madrugada, fustigado por los recuerdos.

            Su hijo, arrastrado por el frenesí del trabajo, apenas podía conciliar unas horas con él. Sus ocupaciones laborales se lo impedían. A veces, aquella carencia de encuentros provocaban el desasosiego en el hombre, que intentaba justificar las explicaciones del vástago, ante conocidos y amigos, haciendo mención a la gran responsabilidad que recaía en él, en la carga de trabajo que le imposibilitaba para aumentar los encuentros. Siempre había un motivo justificado para suspender las visitas y cuando él decidía devolvérselas no había nadie para recibirlo, sólo la chica que se encargaba de la limpieza y las tareas domésticas diarias. Alguna vez, ante la creencia de que la nuera aparecería en cualquier momento, se tomaba un café esperando. Siempre tenía que marchar. Tampoco era cuestión de molestar.

            Cuánto más tiempo pasaba en soledad, más aceptaba las ausencias, menos percibía las presencias. Uno se acostumbra a todo, se decía. Pero en las palabras iban adjuntos dejes de melancolía.

            Hace unos días, en la víspera de Reyes, pasó junto a mí, con su periódico bajo el brazo, con un rosco de reyes y una sonrisa inusual en el rostro que aparecía iluminado, radiante, como si hubiera vencido la batalla de la amargura y la soledad. Como coincidimos algunas veces desayunando y en muchas de estas ocasiones no hay más comunicación que la salutación matinal, porque somos adictos a las buenas costumbres y a los buenos modales, me extrañó aquella petición, que en absoluto me contrariaría. Se sentó junto a mí, en el velador que suelo ocupar, muy cerca del ventanal por donde transita toda la actividad laboral del barrio, toda la intensidad empresarial que se desarrolla en las naves del polígono industrial. Es curioso observar cómo basta atravesar una calle, de lado a lado, para contemplar una propuesta industrial o dejarse llevar por la belleza de este barrio, que en muchas ocasiones puede ser confundido con un pueblo. Y todo sucede en pleno casco urbano de Sevilla.

            Me miró y comprobé cómo resplandecía su mirada, cómo se había desprendido del semblante anegado por la tristeza, de la melancolía que roía sus entrañas. Sólo pensé en la dicha del hombre y también sonreí. Ésta es la noche más hermosa, me dijo. Asentí a sus palabras y refrende la magia que nos esperaba, la ilusión que anegaría nuestros espíritus, dando un revolcón al tiempo y a la edad. Volveríamos a la infancia, le comenté. Pero la respuesta me contrarió. Ésta es la noche en la que mi mujer y yo tomamos a Luisito de la mano y nos vamos al centro a ver la cabalgata. Ésta es la tarde en la que me siento padre con mayor intensidad, en la que vuelvo a acariciar las manos de Ana, mi mujer, y los tres gozamos de la magia que los Reyes Magos nos traen. Hoy vuelvo a experimentar el momento más bonito que viví jamás, el instante en el que los ojos de unos niños me permiten sentir lo que la vida me quiere quitar.

            Los vecinos fueron los primeros en dar la voz de alarma. Enseguida una ambulancia se apostaba a la puerta del edificio. Dicen quienes lo vieron, que tenía una sonrisa en sus labios,  y mantenía una carta entre sus manos, que en alfeizar de la ventana estaban las zapatillas esperando la dicha y que unos caramelos descubrían un sendero, una camino hasta la mesita del salón, en donde reposaba un marco de plata y una fotografía, en blanco y negro, en la que un niño sonreía mientras a sus espaldas aparecía el Rey Melchor que tenía los mismos ojos que mi amigo.

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Published by Antonio García Rodríguez
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