Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra
En la radio sonaban canciones de Jarcha, coplas de poetas andaluces adaptadas a la música popular, reivindicaciones de tierra y libertad, copleros subidos al carro de la nueva sociedad, de la nueva visión libre de una tierra acostumbrada a la tiranía, avasallada desde siglos, manigeros que mantenían el servilismo y la opresión de señoritos de botas y caballos. En los balcones florecieron, como nuevos narcisos asomados a sus espejos, blandones verdiblancos que prometían tierra y libertad por Andalucía nueva y libre.
Nos prometieron una igualdad que algunos ya visionamos imposible, una situación de nueva identidad sin tradición ni historia, al menos nos escondían la verdad sobre las razones históricas por las que otros pueblos pedían la recuperación de un derecho que les correspondía, por idiomas, folklore y cultura. Nos prometieron esta igualdad en el marco de una identidad andaluza que no supieron reglar.
Aquel 28 de febrero fuimos testigos del ennoblecimiento del pueblo andaluz recogiendo el testigo de aquel cuatro de diciembre de mil novecientos setenta y siete en el que los andaluces sí dimos muestras de una identidad naciente, de una historia no inventada, pero que quisimos empezar a construir con dignidad frente a las exigencias independentistas de otras regiones españolas. Los andaluces quisimos empezar considerados, que se nos igualase en el trato, que no nos miraran de reojo ni alteraran nuestro patrimonio cultural según beneficio de los dirigentes de la época.
Sacamos adelante un referéndum para igualarnos no para separarnos, para alcanzar el nivel cultural del que nos habían desprovisto tras un conflicto bélico que arrasó la mesura y decencia e implantó un estatus societario de beneficio para unos pocos y en detrimento de gran parte de la población a la que no quedó más remedio que asumir su nueva condición. Levantamos nuestra voz con aquellas papeletas donde se plasmó la ilusión de una generación que aún podía soñar con industrializar y explotar nuestros recursos naturales dentro de nuestros límites territoriales, crear riqueza por y para andaluces.
Aquel 28 de febrero despejamos muchos miedos y nos deshicimos de los viejos fantasmas, con firme decisión de asentar y cimentar las bases para que el progreso, la cultura y la educación hicieran posible esa nueva sociedad que pregonaban los que nos dirigían, nuestros líderes que pasaban páginas de uno libros que deberíamos ir escribiendo con nuestro trabajo y sacrificio. El pueblo ondeó aquellas banderas con la esperanza y la pureza del corazón aireando las ilusiones que transmitían las palabras que se divulgaban desde estrados que treinta años después siguen ocupando los mismos, los que promulgaban una nueva sociedad en la que todos-absolutamente todos- tendríamos las mismas oportunidades, los mismos derechos auspiciados en una Constitución por entonces joven y vigorosa, e iban a fortalecer el estado de derecho para que no se volvieran a cometer los abusos de épocas anteriores.
Y efectivamente cumplieron sus promesas. Ya no se repitieron las injusticias y arbitrariedades de los cuarenta años anteriores. Ahora han implantado y superado las iniquidades para su propio beneficio. Llegó la nueva hornada de políticos para instaurar un nuevo y poderoso régimen con el poder concretar sus propósitos, que no son otros que servir al partido de turno y procurar beneficios para sus afines. Ahora ya no hay tierra por la que reclamar ni levantarse, ni industrias ni explotaciones por las que luchar. Seguimos siendo un pueblo digno –eso no nos lo pueden quitar, gracias a Dios- pero subyugados a la clac de unos políticos que han traicionado sus propias proclamas, aquel viento de honradez y ventura lo apresaron y retuvieron en las urnas de aquel veintiocho de febrero, del que aún guardo, y espero mantener hasta el día que me llame el Altísimo, a pesar de este ejercito de burócratas, el espíritu del anuncio que hacía la Cadena Ser, en la voz de Iñaqui Gabilondo, atravesando el aire andaluz con aquella maravillosa enunciación: “SIÉNTASE ORGULLOSO DE SER ANDALUZ”.