Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra
Hacía ya algunos años que no le veía. Solía frecuentar un local de copas, que regentó una persona muy querida por mí, familiar directo y predilecto de mi mujer, demasiado bueno y de honrados ideales oníricos, desde finales de la década de los años ochenta y hasta bien pasada la medianía de los noventa. El “Amor de la Calle” era cita obligada para toda la modernidad de la época, lugar de encuentro de la caterva cultural y mediática de aquellos años donde todavía uno era joven y las motos y el rock and roll aglutinaba gran parte de las vidas de sus parroquianos. Mantuvo su esplendor, como hemos dicho, hasta algunos años después del gran acontecimiento de la Exposición Universal de mil novecientos noventa y dos, que tantos beneficios dejó en la ciudad y tan pocos se han aprovechado, donde este bar alcanzó un esplendor difícil de igualar, cita inevitable de la movida sevillana.
Fue en este bar donde le conocí. Mi parentesco con el gerente del mismo hacía que lo frecuentara, aunque mi forma de vida no se asimilara a las de estas aves de vida nocturna y paseos refrescantes en amaneceres bohemios. Iba en contra del sistema, del estado como conductor de la sociedad, de la regulación de empresas –tan de moda en aquellos tiempos-, de las fronteras, del capitalismo, del ejército y de las banderas, especialmente si la enseña se dividía en tres bandas, dos rojas y una gualda, y en la central, vamos la bandera de España. Es más, lo del servicio militar no era más que una imposición dictatorial que coartaba el desarrollo emocional de los españoles en su mejor edad, una educación militarista para embrutecer al hombre, que lo despojaba de su dignidad y sus derechos constitucionales, a la libertad de elegir una forma de vida no belicista. Además fomentaba el carácter más violento del ser humano. Aquellas peroratas, en las que solían afluir reseñas de personajes históricos contemporáneos como Fidel Castro o el propio Gadafi –ejemplos de jefes de estado entregados a la consecución del bienestar del pueblo y a los beneficios patrios de la nación a través del socialismo más extremo- atraían y hasta causaban cierta admiración entre quienes escuchaban aquellos discursos, más propios de mítines electoralistas que de charlas de tabernas, y que ascendían en su tono cuando alguien replicaba o exponía una argumentación distinta, aunque yo siempre sospeché que la verborrea causi parlamentaria venía provocada por el exceso de Jack Daniels. Pero bueno era su propuesta de vida, su forma de entender el mundo.
Hace unos días pasó junto a mí –no ha perdido el aire progresista que desprendía su aspecto; el pelo sí, aunque todavía se recoge en una coleta los excesos capilares de la nuca enfrentados a las escasez manifiesta de la frente. Cruzamos una mirada y hasta advertí una leva inclinación de la cabeza en un gesto de reconocimiento. Le devolví el saludo.
Su indumentaria no podía dejar más a las claras su involución, si tenemos en cuanta su ideario casi juvenil. De la mano llevaba a un niño –he de suponer que su hijo- con la camiseta del Sevilla y una bandera con los colores de la entidad futbolística. Él una de Brasil, con el nombre de Luis Fabiano en la espalda, y en su mano, ondeándola al aire de esta Sevilla nuestra, la del país sudamericano, mientras pregonaba las excelencias futboleras de aquel país, expresiones que redujo cuando advirtió de mi presencia.
¡Quién hubiera pensado, hace veinticinco años, que el emblema nacional de Brasil iba a desmontar todo su ideario, todo aquella doctrina de un mundo sin banderas ni barreras! ¡Qué lástima que la casualidad no nos hubiera presentado en julio pasado, cuando España se proclamó campeona del mundo! Lo mismo llevaba hasta aquella bandera que tantas veces despreció.