Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra
¿Dónde van las plegarias? ¿Dónde las oraciones? ¿Acaso una mística petición de auxilio, unas preces desesperadas, las palabras de amor y sinceridad, no tienen destino? ¿Se pierden en el éter? ¿Quién las recoge, quién las dispensa? ¿Se nos oye? ¿Quién nos oye? Toda la ideología unamoniana se desperraban en su ser. Suspiraba con cada interrogación, con cada duda, con la incógnita de la necesidad extrema, con la urgencia de saberse casi perdida, desahuciada por la lógica del hombre. Desposeída de la banalidad carnal, ausente de la mente todo lo que no fuera la sangre de su sangre, imploraba a Quién creía que no oía. Cómo a percatarse de su pequeñez mundana, como iba a concentrar, el Todopoderoso, sus fuerzas en devolverle la ilusión y la vida, cómo se iba a detenerse en su figura menuda, en la humildad de sus súplicas.
¿Quién era ella para atraer la atención del Altísimo? Sin embargo había algo que escapa a su comprensión, y que el tiempo le grabaría a sangre y fuego en lo más íntimo de su ser, que quedaría prendido de su memoria. No cierra Dios sus oídos a nadie. Ni al poderoso ni al humilde; ni al pecador ni al inocente. Ahora ella lo va pregonando por la tierra, porque tuvo certezas de su Gracias, de la bienaventuranza de saberse escogida, porque obraron con ella maravillas, porque tuvo dudas y ahora son todo certezas. Porque un día fue presa del desaliento y la amargura se hizo dueña de su corazón. Porque la comprensión humana es limitada y carece de la magnanimidad del Creador, del que todo lo puede, del que utiliza los más insospechados conductos para alcanzar los fines más asombrosos, los que maravillan a la razón, los que superan el abatimiento, el ya está todo perdido, para infundirlo de la más grande virtud, de la más excepcional fuerza, por la que los hombres viven y aspiran a mejor vida, por llenarla de Esperanza.
Hoy su mirada transmite vida y la sonrisa abarca todo un mundo de alegría. Porque la hija se iba y Dios obró su gracia sobre ella. Porque puso todo el candor de su fe, toda la fuerza de su espíritu en la sencillez de un hábito de parda estameña y de la toca blanca que cubre de pureza la existencia de las que gozan con la entrega a los necesitados, a los abandonados, a los desesperados, a los tristes, a los ignorados, a los que sufren, a los desheredados, a los heridos, a los enfermos -¿serán acaso éstas los oídos de Dios?- y siempre alabando al Creador.
La vida no es nada sin Esperanza, no es nada sin ilusión, es un camino sin fin y sin horizonte, se pierde el sentido primigenio de la existencia sin sus ojos porque son los faros que nos guían en la oscuridad. Ella es la vida prometida, a Ella se recurre y Ella siempre nos espera. La niña de la Esperanza fue el premio de la Esperanza de la madre. Que pidió y disolvió dudas. Que obtuvo y ahora le faltan manos para dar, para alabar a Dios, para devolver cuánto le ha sido entregado, para restituir toda la magnanimidad con la que ha sido beneficiada. A ellos ya nada corresponde, todo queda en manos del Creador.
Hoy los ojos de la Esperanza son las nuevas luminarias que resplandecen en el camino de la niña. Las manos de la Virgen recibieron toda la gratitud de la salud recuperada, toda la infancia que se creía perdida, la juventud en la que descubrirá toda la ilusión que se manifestaba ya casi arrebatada y la madurez en la que asentará los recuerdos de este día en el que la Madre escogida fue testimonio del Dios que oye y obra maravillas, que sana el espíritu y el cuerpo, que siempre acude a la llamada, del Dios que sólo puso en la tierra un único requisito –del que saben mucho, muchísimo Paloma y Ana María, todos los suyos- para los que quieran ser oídos, para los que quieran ser comprendidos: vivir en la Esperanza.