Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra
Es su visita inoportuna la que nos incomoda, la que nos escuece, la que nos provoca la mayor desazón. Mientras los campos la esperan con inusitada ansiedad para reverdecer sus entrañas, para que el germen de la vida prospere y florezca enhiesto, nosotros miramos los cielos implorando para que se deshagan sus cenicientos propósitos, para que esta vida que nos alimenta, como el pan que nace del trigo, como la vid que nos trae purificada la sangre vivificadora de la redención, se muestre con el radiante esplendor con la que nos fue presentada, con la que nos la inyectaron en el alma.
Soñamos durante estos días con el estado anímico de la gloria. Vivimos las horas como si fueran las últimas, compartiendo el dolor del Señor y la angustia de la Virgen, pues éste es y no otro el motivo de las procesiones, apiadarnos de los martirios y suplicios que padeció nuestro Señor Jesucristo para engrandecer el espíritu y remozar la conciencia que a veces, nos imposibilita la vida, con sus mortificantes recuerdos.
Si nos alteran los ciclos vitales que nos han sido impregnados por la sentimentalidad, por la tradición y la espiritualidad que nuestro ancestros fueron construyendo con sus esfuerzos, con la entrega diaria, con la abnegación y las carencias en muchas ocasiones, nos abocan a la desesperación, a la tristeza –nunca fingida y siempre verdadera.
Apareció y nos revocó las ilusiones. Nos sustrajo los instantes –nunca iguales, siempre diferentes- que un año nos encandilaron, las músicas que nos hicieron vibrar, el andar costalero que elevó al cielo, con su esfuerzo y su entrega –siempre por amor- el palio de aires juanmanuelinos que nos convocó en la esquina aquella donde teníamos una cita con la memoria.
Se hizo presente con su crudeza, con la fuerza disuasoria y el empuje grosero del torrente acuoso que resbala por los carriles de los aleros de los tejados, defenestrando el impacto visual de las caídas de las bambalinas, ensordeciendo el aire con su rumor ocultado al oído el roce de la plata y el terciopelo, en ese idilio amoroso de noche de primavera.
Nos robó el cadente paseo por calles, por las que no volveremos a pasar, con toda seguridad, hasta el próximo año, dejando un vacío en la memoria, en las aceras que habrán echado de menos el furor de nuestras pisadas, cuando buscábamos el sueño del Cristo que abría sus brazos a la misericordia. Nos privó de la contemplación mística de un Cristo que yace del árbol de la Cruz plácidamente, enviándonos el sublime mensaje de su Buena Muerte. Cicatera presencia que nos usurpó de las miradas hermanas de las Vírgenes del martes santo.
¡Qué pena de creerse poderosa! ¡Qué pena sostenerse en la desgracia de los que viven en felicidad! Ignora que jamás podrá sustraernos la alegría de un encuentro o la emoción de sabernos que el tiempo le vencerá y entonces podremos alzar nuestra alegría en el blasón victorioso de nuestros rostros. Y volveremos radiantes a mostrar la felicidad de quisieron quitarnos y que les ha sido imposible porque reside en los estratos más íntimos del alma.