Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra
La lluvia, que nos ha mortificado sin misericordia en los días de mayor esplendor en la Semana Santa, ha dejado bien definido el panorama económico de esta ciudad, que basa toda su arquitectura mercantil en dos fiestas populares que trascienden las fronteras. Aquí se ha ido desmantelando, sin que nadie levante la voz ni siquiera para pedir la vez para ir al servicio, toda la escasa industria que se fue generando a finales del siglo XIX y principios del XX.
Los emprendedores de aquélla época, con la revolución industrial implantada ya en otras regiones, tenían muy clara sus iniciativas pero los intereses políticos de las primeras décadas fueron desviando la infraestructuras y los adelantos técnicos hacia otros lugares donde se ejercía la suficiente presión social. En Andalucía sólo nos quedó el residuo de la agricultura, que después pocos les han sabido implementar los valores técnicos que la hubieran hecho progresar, y por lo visto en los últimos años, el valor cultural de sus fiestas populares.
Es lamentable que no tengamos más visión de futuro que éstas, que toda la economía se sustente, y lo que es peor se priorice como única opción para subsistir, en la celebración de la Semana Santa y la Feria, dos eventos –de carácter religioso el primero y festivo popular, el segundo- supeditados a la evolución climatológica. Muchos han sido los empresarios que esperaban estos días para reponer sus maltrechas arcas en estos tiempos de crisis y escasez. Pero amigo, ahí están los meteoros para poner en evidencia y mostrar las carencias económicas de una ciudad que no ve otra alternativa que la de la precariedad. Esta insuficiencia empresarial viene a demostrar que evolución industrial genera seguridad en el empleo, afianza a la sociedad en su merecido estatus quo y solventa la sensación de interinidad que sobrevuela en muchas familias que se ven abocadas, por otra parte y asumiendo la desesperación de la falta de trabajo, a aceptar contratos –cuando los hay- con condiciones leoninas, en muchos casos rayando la esclavitud. Si no, que se lo pregunten a mi amigo Mariano, que debía entrar el Jueves Santo en un bar, del centro de la ciudad, para salir del antro, bien entrada en la madrugada del Sábado Santo. Menos mal que llovió, me comentó ayer.
En esta vicisitud se va moviendo la ciudad, saltando de una mata otra, ralentizando su normal evolución, sin esperanza de una recuperación a corto plazo. Las previsiones fueron demasiadas optimistas para una celebración que debía provisionar a la pequeña y mediana industria (hoteles, bares y restaurantes) de los suficientes fondos con los que subsistir gran parte del año. Ahora sólo queda esperar a que el tiempo acompañe en la semana próxima y que las calles del Real de la Feria necesiten del agua de los contenedores del Emasesa para aplacar el polvo del albero.
A veces me pregunto por qué no nació, en esta hermosísima ciudad, ese individuo alemán que se apellidaba Benz, o aquel estadunidense, Ford. O mejor aún, Bill Gates. Claro, que conociendo nuestra idiosincrasia, el solito de los mediodías del otoño y la buena cerveza –la única y verdadera industria que aún permanece- que se elabora en este cahíz de la tierra, lo mismo hubiera terminado regentado una tabernita en las inmediaciones de la costanilla y yo tendría que haber escrito este artículo con la pluma de una gallina y la tinta de un calamar, como ya cantaba Dolores Abril, a principios de los setenta.