Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra
Aún no había proyectos urbanísticos que quitaran horizontes para delimitar nuevos espacios y ya se lanzaban besos que eran las flores teñidos en rezos para recibirla, para cubrirla de aromas. Aún dormitaba el agua en la serenidad del pozo, donde la luna guardaba sus espejados miedos y recelos, y la tierra era un vergel de frutas y verduras por donde discurría el caudal que les procuraba la vida y el sustento y ya se advertían goces y luces que la vestían de nobleza. Aún eran ausencias los cimientos y las placas de cemento y ya poseía los espíritus un remanso de paz desde el que se observaba toda la grandeza de los imperios que habían pasado por la ciudad, la impronta que cada uno había dejado en ella, repartida por alminares y torres, en la argamasa y en la piedra que las fortalecía. Aún florecían naranjos y limoneros en los amplios y despejados campos que rodeaban los blancores de cal de solariegas casas y en las primeras tardes de la primavera, cuando la brisa de la cercana ribera invadía los espacios y los inundaba de la humedad que servía de fertilizante para los sentidos, rasgaba soslayadamente el aire, hasta posarse en sus plantas, el intenso aroma del azahar, un natural velo de esencias fragantes que delimitaban los estadios espirituales y advertían de la proximidad y la presencia en sus calles de La que todo lo puede, de La que todo vale, de La que es todo alcance y significado. Todo era barrio y amor, todo era entrega y valor, todo era ser y presencia ante la única Flor que era capaz de alterar las conciencias.
Salían a borbotones por las puertas de las viejas casas de vecino. Cada una anunciaba una alegría, un contento y un júbilo y los rostros se iluminaban cuando pisaban la calle, correderas que asumían la luz rebosante de perfiles y rostrillos para arrinconar las sombras. Eran ramilletes de flores las miradas que buscaban respuestas en los ojos que esperaban en las esquinas, eran ilusiones que reventaban en los tiestos de los claveles que luego lucían en el pelo, eran nardos que se erguían camino de la Resolana, eran rosas que brotaban del terruño para enarbolar las mañanas y pregonar a los vientos que la Reina retornaba, hecha luz y hecha flor, todo lo demás sobraba. Eran aluviones de soles, ascuas de recuerdos y herencias transmitidas por la voz y por la sangre, legados sucesorios de amor inscritos en pergaminos que fundían las ilusiones en las fraguas de los duendes que entonaban martinetes que huían por los balcones hasta llegar Alcanzarla, hasta posarse en su piel, encarnadura que rehuía de la amarga Sentencia que abría la madrugada. Eran manojos de azucenas resplandeciendo pureza, jóvenes que al candor buscaban, siervas desagraviadas que lucían el pudor en el cuerpo y en el alma para ofrecerse a la Dama que venía repartiendo sin ninguna distinción, sin pedir nada a cambio, la gracia de la Esperanza.
Viejas casas, soles nuevos, plata antigua repujada, oros fundidos en glosas de puntadas, terciopelos escogidos que se ciñen a sus faldas, cera que ruge y estalla, maderas talladas y alisadas en talleres escogidos por los cielos, notas musicales que van rodando y buscando pentagramas donde prenderse y soñar con la Virgen que acompañan. No hacía falta más. Por eso se engalanaban, las jóvenes macarenas, que salían a riadas de la calles Torrigiano, Esperanza, Monedero y Adelantado, San Luis, Torreblanca, Patricio Sáenz y Pumarejo, con sus mejores prendas, con togas amerinadas, que abrochaban con botones que lucían como esmeraldas, asemejadas a las del pecherín que va recogiendo el amor y la dulce devoción que siempre vino enfrascada en el celefán de una lágrima.
Salían y era un jardín de flores recorriendo la nostalgia, pues sólo eso se queda cuando pasa la Esperanza, un hálito que sabe a poco, una ilusión que se adentra en el alma y va germinando amor hasta que brota la flor en un piropo, en rezo, en la súplica apagada, en la mirada perdida y en la voz que se transforma en cante, y sin llevar un pétalo encima se iba la Virgen repleta de fragancias y de aromas, porque las flores eran ellas revestidas de Esperanza.