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Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra

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LA GRAN DIFERENCIA DE LOS CATÓLICOS

            benedicto xviDesde el sosiego, tras la eufórica vivencia del encuentro de Su Santidad Benedicto XVI con los jóvenes del mundo en Madrid, expongo mis sentimientos y extraigo las emociones que comienzan a tomar cuerpo en mi memoria, a enraizar en ella, sobre los acontecimientos que paralelamente tuvimos que sufrir los católicos en la gran fiesta de la paz y la concordia y que los poderes laicistas intentaron reventar, intención que no lograron, no por falta de esfuerzos y medios, sino porque los ataques, las infamias, los insultos e incluso las agresiones siempre tuvieron enfrente un muro donde se extendía el mensaje de Cristo que siempre llama a la redención, por medio de la paz y el amor, y no como quieren hacer ver estos trasnochados individuos, de espadas flamígeras y dolorosos castigos.

            Son seres rendidos al rencor, vencidos por el odio, pobres diablos que no tienen otra manera de sobresalir, en sus oscuros mundos, más que intentando denigrar al semejante. Ni siquiera mantienen una conducta respetuosa hacia el prójimo.

            Siempre he pensado, y continuaré haciendo y mostrándolo así, que es lícito no compartir los pensamientos, mostrar los desacuerdos y exponerlos desde la educación y el respeto. Los afectos al materialismo pueden descreer de la supremacía de un Dios Todopoderoso, creador de la vida; pueden vivir sin esa alegría o tal vez viven alegremente en su agnosticismo. Pero lo que no pueden hacer es enaltecer sus más bajos instintos para mortificar a quienes sí orientan y basamentan su existencia en el mensaje salvífico de Dios.

            Cada vez se manifiestan de manera más violenta contra la Iglesia, culpabilizándola de cuantos males aquejan a la sociedad actual, cuando debieran centralizar todas esas energías en reclamar la concreción de los derechos fundamentales de las personas a quienes realmente son los culpables de sus desdichas, a los dirigentes que permiten que las sociedades financieras se enriquezcan con la ruina de los más débiles, permisividad que a veces raya la complicidad para obtener beneficios particulares. A las múltiples pruebas me remito.

            Cuando injurian y blasfeman intentan zaherirnos –y lo consiguen porque están atacando nuestros más íntimos sentimientos- y sus incendiarias proclamas nos descubren la podredumbre de sus mentes ya que, sin insultos y violencia, no saben vivir, les es imposible oxigenar sus ventrículos, porque entiendo que alma no tienen al mostrar su descreencia en la vida eterna que se nos promete a los católicos. Ellos mismos se desacreditan. No hace falta que nos lancemos a la calle a un enfrentamiento banal, qué más quisieran estos cobardes que no tienen valor para enfrentarse a otras confesiones más beligerantes. Sabemos que carecen de valores, al menos del respeto, porque así lo vienen demostrando con su intolerancia hacia quienes no piensan como ellos, y eso los hace menos sabios.

            Todavía no soy capaz de entender, con mi medio siglo a cuestas, qué malo le ha hecho la Iglesia a esos imberbes que se manifiestan con tanto ímpetu contra ella, a qué represión han sido sometidos estos jóvenes por los curas que tanto insultan y con los que no mantienen ningún contacto ni conocimiento, ¿por qué tienen tanto miedo a una sotana y vilipendian su sagrado menester y no muestran su desacuerdo con las políticas que los defenestran, esclavizan y arrinconan en el servilismo mamón de las subvenciones, coartándoles en su libre pensamiento, como único medio para el mejor vivir, mientras otros padecen laceradamente la mortificación del paro

            Benedicto XVI llegó a Madrid para encontrarse con casi dos millones de jóvenes de todo el mundo, sin mirar la condición de cada cual, ya fueren obreros o ingenieros, fontaneros o arquitectos, libres en sus  actuaciones  y comportamientos, en sus ideales y sus valores por más que les pese algunos de su misma edad y a otros recalcitrantes mayores. Y con una gran diferencia: siempre mostrando y reflejando alegría que es la mejor manera de vivir. Con el odio y la ira de estos mal autollamados laicistas solo logran enmohecer sus corazones y agriar sus vidas. Esa es la gran diferencia. Que somos capaces de contestar con una sonrisa a una ofensa.

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