Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra
Hace ya algunos años, al final de la década de los noventa, la fraternal y hermana ciudad de Cádiz, elevó a las más altas instancias de la UNESCO su solicitud para que le fuera reconocida la condición de Patrimonio de la Humanidad. Durante meses una comisión de superintendentes del reconocido organismo visitó la vieja Gades, recorrió los barrios de la ciudad amurallada, emitió los informes oportunos, se jartarían de tortillitas de camarones, disfrutarían de sus hermosísimas playas y no me extraña que se pegaran el órdago de enfundarse en una bufanda amarilla y corearan el himno oficial del Cádiz FC –“me han dicho que el amarillo…”- junto a las Brigadas Amarillas. Pues bien, hasta hoy. ¿Le ha pasado algo a Cádiz? ¿Ha perdido su identidad? ¿Se ha dejado de mariscar en la Caleta?¿Ha dejado Manolito Santander de pasear por las entramadas calles del barrio de la Viña? La fisonomía de la vieja ciudad no ha variado en absoluto. Bueno, se hundió el vaporcito del Puerto, pero eso se debió a circunstancias ajenas a la emisión de los informes de los inspectores de la UNESCO. Es más, creo recordar, si la memoria no falla, que la chirigota Los Yesterday, de Juan Carlos Aragón, elevó la consideración y la supremacía de la vieja ciudad fenicia –hemos de recordar que es la más antigua de occidente- a las más altas cumbres del ombliguismo, en un pasadoble dedicado al tránsito de las diferentes culturas por su trimilenaria historia pero que tenía como fin exaltar el despotismo ilustrado de los hijos de Cádiz y su alter ego, cosas que les honran.
“Desde la playa de la Victoria/ nos contemplan en una zodiac/ ¡tres millones de años de historia!/. Gracia, y ahora ha salido un slogan muy guay/ que a mí me hace gracia:/ “Cádiz, patrimonio de la humanidad”/… y un mojón pa los humanos:/ Cádiz es de Cádiz na más/ y es patrimonio del gaditano”
Viene todo esto a cuento por el desafuero y el pulso que los poderes facticos, o sea económicos, que son los que mandan en el mundo, están librando contra la razón y la ecuanimidad de la belleza paisajística de la ciudad, a la que tienen derecho los sevillanos o los neozelandeses que nos visiten. La torre Pelli se izará como el factum supremo de la nueva prepotencia económica que nos subyuga, de la autocracia que nos somete y nos cautiva y liga a las galeras de las nuevas y absurdas necesidades que han creado para ello.
La torre Pelli no sólo no se derribará, ni se detendrá su construcción, sino que querrán convertirla en el nuevo tótem que nos identifique en el exterior. Incluso, el tiempo da y quita razones, nos lanzaremos en tropel a visitar esta nueva torre de Babel y exaltar su belleza y hasta habrá algunos que le saquen punta al tema y aprecien ciertos regionalistas en su estilo, en nuevo capítulo de la demostración del papanatismo más absoluto de la condición del sevillano. Pero claro, no podemos esperar más de nuestra naturaleza egocéntrica y de sumisión innata en nuestra esencia, de una gente que para expandirse urbanísticamente, no lo hizo hacia el extrarradio, sino que levantó sus entrañas y despojó su cuerpo de historia milenaria para construir barbaridades como los edificios comerciales de la Plaza del Duque, o más recientemente, esas setas por las que además se han desangrado las arcas municipales.
El conjunto monumental, que hasta hoy ha sido emblema y bandera de nuestra ciudad, que ha atraído a tantos, que ha encantado a los más ilustres viajeros, pasará a ser un sucedáneo de la nueva ciudad, y la consideración de Patrimonio de la Humanidad se nos retirará –recemos para que así no suceda- con los perjuicios económicos, principalmente, y culturales que ello conlleva.
No podemos retener el avance del progreso, ni restregarnos los ojos para volver a mirar constantemente el ombligo, porque el hombre ha de mejorar sus condiciones vitales pero sin cercenar la historia, Hay que ser consecuentes con los valores que nos han transmitido, con el patrimonio de los que somos tutores y que habremos de ceder a nuestros descendientes. Obviar ésto es negar la verdad.
Habrá que saber compatibilizar el progreso con las necesidades ambientales, culturales y sociales que nos han distinguido durante años. Y sobre todo evitar la manipulación política, está práctica tan usual en los dirigentes de utilizar los sentimientos de los ciudadanos para la obtención del poder. Ya está bien de formular promesas, de enjuiciar la inteligencia de los votantes. Muchos votamos para que nos representen, con el ideario y el programa que nos ofrecen. Tan difícil es cumplir con lo que se dice. Nada, el patrimonio cultural y ambiental de la ciudad se ha vendido por nada. ¡Qué manera de quedarse con la gente, señor Zoido!