Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra
Donde hoy reposan los recuerdos se erigirá el túmulo de las vivencias. Donde hoy se adormecen los sentimientos, en esa sala de esperas de melancolías y tristezas, de algarabías y encuentros, de emociones irreprimibles, se instituirá la atemporalidad de los momentos, la fugacidad de visones que pugnan por encontrar un lugar en la que sedimentarse, en la que agruparse para eclosionar a la vida cuando el oído nos distraiga con los sones de una marcha, el racheo de unos pies que proclaman el apócrifo y sevillano evangelio de los hombres sencillos. En los estratos donde se acumulan los espacios y el aire que retiene el balanceo de unas bambalinas, encontraremos la esencia del tiempo vencido, el efímero claroscuro de la tarde que parece dibujarse sobre el lienzo que se extiende a lo ancho de la ciudad, la minuciosa labor de convertir lo que fue un todo en polvo, en el reconocimiento de la humildad implantada en el alma.
La fugacidad, eso es lo que nos reclama, lo que nos muestran estos anuncios de la grandeza que está por venir, que se apresura a robarnos las horas, a escondernos el tiempo con la visualización de las escenas e iconografías de altares implantados en nuestra época aunque nos trasladen a otras, aunque seamos partícipes de la instauración del tiempo no vivido, que se implantó en la memoria de otros para injertárnosla en la sangre. Una transferencia emocional que trasgrede el sentido de la lógica, confundiendo la verdad con la ficción, el artificio con la realidad.
Hoy tenemos la primera noción de la víspera. Nos ha sorprendido la mortecina luz de la mañana, la cenicienta apariencia de los cielos, de estas nubles aceleradas que van pregonando el correoso relato de la proximidad.
Nos vence esta vigilia porque la ansiamos, porque sabemos que es la antesala de la magnificencia de la gloria, esa eclosión que enerva el espíritu, que lo eleva hasta el éter de la suntuosidad, hasta ese cielo que recoge el sahumerio que asombra con la espontaneidad y su transitoria vida y que procura tanta dicha cuando la cadencia de un balanceo la hace nacer al aire, volcando toda la enjundia aromática, para advertir y preconizar la salvación de los hombres. Siempre, en la fugacidad de su existencia, tras el velo que teje en el bastidor translucido de la atmósfera cercana, descubrimos el aura que nos proporciona la dicha plena, la satisfacción espiritual de sabernos portadores de un legado hermoso y trascendental, cuyas claves debemos preservar para que otros, cuando los siglos nos venzan, puedan trasmitir a sus congéneres, para que unas manos ungidas en la bondad y en la entrega a Cristo sigan imponiendo la cruz de ceniza que nos haga recordad la fugacidad del paso de nuestras existencias por la vida.
Nos arrodilla esta moción que nos hace reflexionar, que nos responsabiliza de nuestras acciones, que nos reclama una entrega verdadera y sin tapujos a los que sufren porque nos haremos más felices con el compromiso que aceptamos voluntariamente de asemejarnos, con las obras y la vida, a Jesús.
Es la cuaresma que nos adelanta el tiempo, que nos anuncia la pasión, que nos prepara para acatar el sentimiento de la entrega desinteresada, el holocausto del Justo que redimiría al hombre. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? Aclamemos estos días, retengamos las imágenes en la retina del alma, perpetuemos los instantes compartidos, los que gozaremos con el retiro en la soledad de una iglesia, que nos nutre y sustenta de esa penumbra para hacernos cómplices, de la gran alegría que retiene –vida y Esperanza-, Quién reposa en el Sagrario. Cuando la señal de lo efímero se incruste en tu frente recibirás la alegría de saber que, dentro de unas semanas, Cristo resucitará mostrándose triunfal tal vez en los lomos de una Borriquita.