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Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra

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Luz de adviento

LUZ-DE-INVIERNO1.jpg

 

Llegaba con anuncios de escarcha en los cristales, plateando el verdor de los campos hasta que comenzaba a dorarse el cielo a éso del mediodía; se nos mostraba en las bufandas giradas al cuello, por la preocupación maternal al inevitable al catarro, a guardarnos de la tos perruna, de los grupos de niños camino del colegio, en los guantes de lana que procuraban el calor a los dedos y la torpeza, por falta de tacto, en el manejo de las maletas; en el vaho exhalado que mostraba el calor del cuerpo enfrentando al rigor de la mañana, fundiéndose con la niebla espesa que invadía las calles procedente del río, humedeciendo los adoquines hasta convertirlos en relumbrantes bloques que procuraban el rechinar de las ruedas de los coches y de las motos que iban, o volvían de las labores del campo.

El invierno nos sorprendía en aquellas primeras mañanas de diciembre camino del colegio con olores nuevos, con sensaciones añejas.

El calor que nos procuraba el horno de la panadería, un oasis en aquel itinerario matutino, el confort al pasar por la puerta abierta de la tahona, nos trasladaba a mundos endulzados por la melosa fragancia de bollos con crema, de cuñas de chocolate recién fundido, y hacía demorar nuestro paso para ensimismarnos con la calidez que comenzábamos a perder en el fragor de la batalla contra el frío, sugestión que nos procuraba las fuerzas necesarias para poner fin al trayecto con la entrada en el aula.

El contacto con la madera del viejo pupitre reforzaba el sentimiento de frialdad de las viejas estancias educativas que nos recibían con la gelidez acumulada de la noche. La minúscula estufa, situada a los piés de la mesa del profesor, apenas servía para disuadirnos del privilegio que mantenía el educador sobre el alumnado y que tan injusto nos parecía.

Como ayer, como siempre, la primera luz del invierno, aunque el solsticio no nos vincule su oficialidad hasta dentro de unos días, se nos ha mostrado en esta mañana plomiza y perezosa, incapaz de vencer al cúmulo nebuloso que se amuralla en su contra, y que viene sin embargo a anunciarnos el tiempo más hermoso, el más entrañable.

Confundida en el gris llegará. Vendrá a revelarnos, como por ensalmo, la felicidad. Y entonces recuperaremos la niñez, el espíritu cándido que se mantiene aletargado, aún sin nosotros saberlo, en la acuosa profundidad del alma y que está esperando, anhelante y ansioso, a que lo extraigamos para mostrárselo a los demás, para hacerse fuerte en la necesaria transmisión de la Alegría que está por venir.

La primera luz del invierno ha llegado y ha sembrado de júbilo nuestro corazón.

 

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