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Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra

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MEMORIA ÍNTIMA DE LA SEMANA SANTA XII

            COSTALEROS02.jpgSon amigos desde que Nuestra Señora de los Dolores, les uniera cuando la Virgen todavía procesionaba, entre el clamor enfervorizado de sus vecinos, por las calles del Cerro del Águila, el Martes Santo era aún un lejano sueño y en las tardes septembrinas de velá popular, las emociones se posaban en los aleros de las viejas casas, en los engalanados balcones por donde transitaba la Reina del Barrio.

            Son amigos desde que la desgracia se cebara en él cumpliendo con el deber que la patria le demandaba y una granada explotó en sus inmediaciones, durante unas maniobras, privándole de uno los preciados por el hombre: la vista. Aún con esta invalidez, tuvo suficientes arrojos para desarrollar una vida casi normal, tal es así un día se plantó en la parroquia, donde habían sido convocados los aspirantes a formar parte de la cuadrilla de costaleros, y ni corto ni perezoso, solicitó el lugar que le correspondía en aquel grupo de hombres, hermanos de la corporación, que sacaría por vez primera a la Santísima Virgen en su condición de devotos.

            El capataz, más joven que él, con el corazón de la misma envergadura que su cuerpo, enseguida le tomó afecto, y no sólo pasó a formar parte de aquella primera cuadrilla de hermanos, sino que se convirtió en uno de los peones de confianza, por su magnífico hacer, por su comportamiento y por su extremado compañerismo, valores que sin duda alguna, adquirió en los años que sirvió a la nación en la Legión española, cuerpo en el que sufrió el percance siendo comandante.

            Con el tiempo los lazos fueron estrechándose, confiriendo a aquella amistad lazos de fraternidad. Y llegó el soñado día para la Hermandad del Cerro del Águila: realizarían estación de penitencia a la Santa Iglesia Catedral hispalense. Y surgió la duda. El capataz, el amigo, fue citado por la Junta de Gobierno para sopesar sobre la conveniencia de que un invidente formara parte de la cuadrilla de hermanos, no por discriminación, sino por su capacidad para la correcta orientación en los diferentes relevos. Ante la duda, el buen amigo, se comprometió junto al resto de la cuadrilla en este menester, porque fuerzas y arrestos no le faltaban. Además, explicó el capataz, debajo del paso no hay que ver, hay que sentir a la Madre de Dios, que es la que procura las fuerzas. Con esta argumentación, los rectores cerreños, accedieron a su participación en aquella primera estación de penitencia.

            El grueso capataz también participaba, en la conducción de los pasos de la Hermandad del Beso de Judas, y allí que llevó a su buen amigo y mejor costalero. Aquel lunes santo todo discurría con normalidad, que es lo mejor que puede ocurrir durante la estación de penitencia. El veterano militar había gastado algunas bromas muy pesadas a su capataz, amigo capaz de soportarlo todo, pero que tenía ciertas ansias por devolverle aquellas gracia. El paso de la Virgen llegaba a la Catedral y un relevo sacó al ciego de su trabajo. El capataz los asió del brazo y juntos entraron en la SEO hispalense. Descansaron un rato, entraron en los servicios, se tomaron un refresco y esperaron a que el palio llegara. Como quiera que el palio demoraba extrañamente su llegada, el ciego no hacía más que preguntar por aquella tardanza y su amigo respondía que ya faltaba poco, que seguramente habría ocurrido algo. Así estuvieron más tiempo del debido esperando. No sólo no pasó la cofradía de la calle Santiago, sino todo el cuerpo de nazarenos del Cautivo de Santa Genoveva y de la Virgen de las Mercedes y cuando estuvieron a su altura, y como era lo programado en su especial caso, lo asió a la manigueta de esta paso, cuyo contraguía se encontraba ausente, y le indicó que esperara a que le llamaran para su relevo. Y así procedió el pobre hombre. Cuando el auxiliar se reincorporó a su labor creyó que era algún devoto con alguna promesa y allí lo dejó. Comenzó a extrañarse cuando el veterano costalero a llamar a gente que no conocía y a solicitar su incorporación a la trabajadera. Así, cuando la cofradía de Santa Genoveva discurría por la antigua fábrica de tabacos el contraguía, ya más mosqueado que un pavo en Navidad, le preguntó que quiénes eran esos a los que llamaba con tanta insistencia y que cual era el motivo de su promesa, para ir detrás de la Virgen de las Mercedes. Cuando el ciego escuchó aquello, los improperios y las maledicencias, los recuerdos a la familia del amigo y hacía él mismo, traspasaron los niveles del ozono.

            En la estatua del Cid, lo dejaron para que cogiera un taxi, ímprobo esfuerzo para un invidente, vestido de costalero y pidiendo que lo llevaran a la Redención. El taxista que lo asistió, se conmiseró de él, dejó el vehículo en la esquina de la calle Guadalupe y lo llevó a las inmediaciones del templo, en la calle Santiago, donde ya se disponía a entrar el paso de Virgen. Volvieron los improperios, las alusiones a la familia del capataz, con tal fuerza, que sus gritos sobrepasaron el nivel de los decibelios que procuraba la banda de música. Tan es así que, el otro capataz al oír las aireadas voces con el nombre de su compañero, le preguntó qué pasaba, indicándole aquél que metiera el paso que ya le explicaría, que no era más que una broma que le debía al costalero invidente.

            Veinticinco años después siguen siendo grandes amigos.

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