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Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra

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MEMORIA ÍNTIMA DE LA SEMANA SANTA XV

           SEMANA-SANTA-DE-SEVILLA.jpg Ya todo está consumado. La vida se renueva, en estos días de anuncios de gozos, como se han reverdecido los árboles en la primavera recién nacida. Vuelven las golondrinas a flirtear con el aire, a robarle el sueño al sol, encelándolo con ese vuelo ágil, inverosímil, capaz de esquivar las aristas del viento, de moldear el ambiente y acuñar la novedad de un nuevo canto a la visión sagrada que se va a mostrar, la sinfonía que emerge de su transparencia. Es la explosión de los sentidos, la irradiación del estado de la felicidad que nos va sorprender con la aparición espontánea del primer nazareno avisándonos, con su presencia, que el tiempo se ha cumplido y que irremediablemente una cascada sentimental van impregnarnos el alma con sucesos extraordinarios que a veces, incluso, escapará de la razón a quienes se muestran.

            Volverá a latir, acompasadamente, el corazón de la ciudad cuando sus calles acojan sonidos rancios, antiguas composiciones que siempre nos sonarán a nuevas, que se presentarán como provocaciones para los sentidos, transcribiendo la historia general de sus gentes, paredes que acogerán, a modo de humildes y populares pentagramas, con rejas como solfas y claveles y geranios como notas musicales, el fervor y la devoción de familias enteras. Se transfigurará el paisaje urbano para mostrarnos sus interioridades, sus voluptuosas formas, identidades creadas con el único y final propósito de la sustracción de la realidad, de embaucarnos, engullirnos posteriormente, y trasladarnos a la fantasía de un mundo nuevo.

Volveremos a ser coprotagonistas de la escenificación de una historia con final feliz, de la evolución de una narración que comenzó hace más de dos mil años, que nos ha llegado por transmisión sentimental, sin palabras en muchas ocasiones pues ha bastado el descenso de una lágrima por el prado de la mejilla de la madre, o por el bisbiseo incontenido y espontáneo de una oración surcando los espacios desde los recios labios paternales.

Seremos testigos, en las pasionales tardes de estos días, o en la espiritualidad que buscaremos en la intimidad de la noche, donde confabularemos con la estrechez de una calle o integrados en la multitud de una bulla, de la majestad de una paso de palio donde se ha entronizado la Madre de Dios, elevando su mirada al cielo, con el pecho traspasado por un puñal de dolor, derramando gracias y bendiciones a la multitud de peticiones que llegan desde un suelo alfombrado por miradas exultadas de promesas.

Compartiremos la angustiosa sensación –porque somos hijos del Hijo del Hombre- del lacerante peso de la cruz sobre el hombro de Quien todo lo puede, de Quien derrama gracias y bendiciones soportando el martirio desde el patíbulo, o nos convertiremos en parte del sueño, del reposo tras el suplicio y el dolor, tras el sufrimiento y el sacrificio.

Todo cuánto hemos esperado ha llegado. Todo el misterio de la fe sevillana, de la pasión según esta ciudad, irá tomando cuerpo en esta Jerusalén nueva horadada por un Guadalquivir que es Jordán redivivo y purificador para sus habitantes, para ungirnos con las santos óleos de la fe de nuestros mayores. Todo cuánto veamos, de todo lo que participemos en estos días, de todo cuanto se nos ofrezca, nos servirá para iluminarnos el alma, para inscribir en el corazón una leyenda que debemos resguardar, y portar con dignidad, para que en el futuro otros puedan disfrutar y a su vez, ser transmisores del mensaje de amor y fraternidad que nos han hecho llegar.

La Semana Santa de Sevilla se ha presentado, nos ha alcanzado con el sinuoso vuelo de un vencejo, provisor de dichas en sus alas, comunicándonos que el Señor nos mostrará el Poder de Grandeza con la buena nueva que nos traerá su Resurrección y colmando nuestra vida de Esperanza.

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