Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra
El exhorto del Cardenal Amigo Vallejo, que hace una década promovía la inclusión de las hermanas en la estación de penitencia que las Hermandades sevillanas realizaban a la Catedral hispalense, levantó no pocas ampollas en el mundo de las cofradías. Muchas oyeron y siguieron las indicaciones “arzobispales” y adecuaron sus Reglas para igualar en derechos a hembras y varones, una condición que se recoge en la Constitución española. Otros se resistieron a incluir la norma atendiendo a obtusas y decadentes tradiciones que estipulaban el derecho a participar en la estación de penitencia sólo a hombres, una costumbre que en la mayoría de los casos, provenía de finales del siglo diecinueve y principios del veinte, en lo que en algunas Hermandades no significaba más que una cuarta parte de su existencia como tal.
Un pensamiento oreado por otras preveían, con la aplicación del derecho de igualdad entre todos los hermanos, en todos los órdenes corporativos, un crecimiento desmesurado que provocaría el colapso, en la carrera oficial. Nada más lejos de la realidad, pues como se ha podido constatar a posteriori, ni el incremento fue tan espectacular ni todas las hermanas se postularon para revestirse con la túnica de nazareno. En cambio la participación sí sirvió para regular y equilibrar el número de papeletas de sitio, que en esta última década sufrió un leve descenso en sus solicitudes.
Las mujeres han sido un fiel baluarte en el seguimiento diario y cotidiano de las Hermandades. Las labores esenciales, que suelen ser las menos vistas, las que menos lucen, de las que menos se pueden presumir, las han desempeñado con total entrega. ¡Cuántos enseres se han podido recuperar gracias a su generosa dedicación! ¡Qué habría sido de algunas priostías sin el esfuerzo en el mantenimiento y limpieza de la plata, de afianzar bordados, de adecentar dalmáticas y ropajes litúrgicos, de la confección de paños de altar! Muchas siguen, e instruyen a generaciones venideras, desarrollando esta oscura pero imprescindible labor. Con su participación en los cortejos penitenciales no se procurado más que justicia. Algunos quizás ignoren que en las Reglas fundacionales de muchas de nuestras Hermandades ya se les permitía acompañar y dar luz a sus Amantísimos Titulares, mientras los hombres ejercían la penitencia física como método exculpatorio de penas, emulando la pasión de Nuestro Señor Jesucristo.
Por eso la decisión hecha pública ayer, por el D. Juan José Asenjo Pelegrina, Arzobispo de la Diócesis, de promulgar un decreto con la imposición de la inclusión en los cortejos penitenciales de las mujeres, amén de un ejercicio de coherencia, es un modo de dignificar la Iglesia, a la que pertenecemos por decisión propia, de la proclamación de la igualdad, que señalan y profieren los Evangelios, al derecho de protestación pública de la fe sin menoscabo del género con el que Dios ha premiado a cada cual.
Serán ahora las Hermandades que no tenían recogida en sus Reglas la facultad de poder realizar la estación de penitencia a las mujeres –y que parece ser solicitaron explícitamente al Sr. Arzobispo este procedimiento de imposición jerárquica, tras la incompetencia de llevar a sus cabildos la proposición de incluir mujeres en los tramos de sus cofradías- las que tengan que asumir, por obligación lo que debieron hacer por devoción y solidaridad, por respeto a quienes tienen los mismos sentimientos, trabajan y ofrecen su esfuerzo, cuando no sufren la dedicación de sus esposos, que ocupan cargos de responsabilidad en las Hermandades, sin restañar, en la mayoría de las ocasiones, de la sustracción de ese tiempo que dejan de compartir.
Mujer es a Quién pedimos por los nuestros, a Quién solicitamos la Mediación ante Dios Nuestro Señor cuando nos vemos superados por las vicisitudes e imprevistos de la vida, con Quien participamos nuestra alegría, a Quién involucramos en nuestra salvación. Mujer es Quién nos trajo la Esperanza a nuestros corazones, una gracia que todos debemos compartir, sin la excepción de ningún tipo de género.
* A Margarita, mi hija, que formó parte del primer grupo de Hermanas de la Hermandad de la Macarena, que salieron de nazarenas en nuestra estación de Penitencia, en 2001, con ejemplaridad y devoción.