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Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra

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NO DIGAS QUE FUE UN SUEÑO. A Miguel Loreto*

           NO-DIGAS-QUE-FUE-UN-SUENO.jpeg No me digas que fue un sueño, amigo mío, esas noches de primavera en las que empezamos a vislumbrar la cadencia sentimental y la pasión que se escondía en lo más recóndito del alma, cuando la luna se muestra excelsa y redonda sobre el tapiz aterciopelado, como manto de la Estrella, y sus blondas de plata se cosían a los alminares y azoteas, esos vigilantes nocturnos de calles desiertas que iban abriéndose al leve paso de la gran comitiva. No me digas que fue un sueño aquella solidaridad primera, el impetuoso esfuerzo que aunaba corazones para glorificar la esencia que brotaba del sentir de la gente de la Macarena, el recóndito mensaje en cada impulso arremolinando el aire hasta plegarse en las esquinas esperando nuestra presencia para que descubriéramos sus secretos, la transmisión subrepticia de los grandes maestros.

            No me digas que fue un sueño el tiempo que compartimos hilvanando sentimientos para que otros gozaran de su presencia divina porque sabíamos, a gloria cierta, que ni el dolor, ni la ausencia, ni los esfuerzos tremendos, ni el asumido sufrimiento, ni las lágrimas vencidas del amor por lo que íbamos haciendo, nos restarían méritos para los goces de un premio que se concede en los cielos.

            No me digas que fue un sueño todo el brioso candor que rezumaba por los costero mientras en las orilladas parcelas, de un paraíso llamado Feria, se turbaban los luceros que se encajan en los rostros de pizpiretas muchachas, de jóvenes pintureros, que entre gráciles jaculatorias, entre vivas y entre quiebros de voces rotas al viento alabando al Sentenciado, cuando quebradas de celos por no poder disfrutar lo que nosotros íbamos viviendo.

            No me digas que fue un sueño el trabajo compartido capaz de ir sosteniendo toda la bondad excelsa, todo el perdón de los cielos, toda la gracia señera de un judío que se piensa si el dolor no tornará alegría cuando el relator pregone todas las excelencias que es capaz de ofrecer este Reo a quién se acerca; de un esclavo que se aleja del error ofreciendo a Pilato una albea palangana, con agua de la Barqueta, para que lave sus manos, para que enjuague las penas de una condena insensata sin base que la contenga, de ese centurión romano que va clamando indulgencia por el Culpado, misericordia que susurra al oído del pretor meditabundo; por la mujer desencajada que busca sujeción a su vida, voz de madre que sabe de dolores maternales y que es una pena muy grande saber que se va un hijo sin el amparo de nadie.

            No me digas que fue un sueño, Miguel Loreto, todas esas madrugadas grandes cuando tu voz, reminiscencias del mejor cante, golpe y quejío de fraguas que brotaban por el arte y el caudal de tu garganta, invocaban todo el humano poder que supiste aglutinar en la gente que mandabas y entonces ascendía al cielo un clamor, al sonido de la plata. Todo un reguero de amor, todo un sueño de alpargatas, un tropel de devoción trasplantado hacia el Señor que colmaba nuestro esfuerzo. Voz cansada de dar, de pregonar bienaventuranzas que nacen en los mercados, en los puestos de la plaza; voz que impartió doctrinas a quién quiera escucharlas, pregones de pura raza escritos con dos palabras, tres quimeras y puñado de nostalgias bastaban para hacer feliz a quienes admiraban el indeleble caminar del Cristo de la Sentencia.

            No me digas que fue un sueño, porque fuimos realidad, porque vivimos la gloria de una hermosa concreción, porque fuimos los testigos de la mejor conversión, producto de la emoción, del amor y de la entrega. Qué suerte haber podido estar junto a ti, en aquella madrugada que tocaste el martillo por vez primera. Qué suerte, Miguel, haber sido costalero contigo al mando. Qué suerte Miguel haber aprendido de ti la excelencia de ser costalero macareno, pies y alma del Señor de la Sentencia.

 

 

*En el día de su homenaje

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R
<br /> Amén. Creo que ha recibido el homenaje merecido. En mi vida conocí a nadie más humilde. ¿O acaso alguno de nosotros reconoceríamos públicamente ser muy malo en alguna materia delante de tanta<br /> gente?<br /> <br /> Pues así lo hizo él, autoproclamándose el peor capataz de Sevilla. Y no le falta razón, porque estos 33 años el Señor de la Sentencia no fue comandado por un capataz, sino por un Corazón Macareno,<br /> morado como la púrpura.<br /> <br /> Esa es la diferencia entre ser capataz y conductor de pasos. No sería bueno, no sería técnico, no tendría ni idea de igualar, pero, ¿quien la ganaba en corazón y amor por el Cristo de la Sentencia?<br /> Si acaso, Pepe el Sentencia, y ese está en el Cielo hace ya muchos años.<br /> <br /> Gracias Antonio por esta entrada. Un abrazo<br /> <br /> <br />
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A
<br /> <br /> Totalmente de acuerdo contigo. Efectivamente no fue el mejor capataz de Sevilla pero ha sido, y en la memoria de todos nosotros quedará así, EL MEJOR CAPATAZ QUE PUDO TENER EL SEÑOR DE LA<br /> SENTENCIA.<br /> <br /> <br /> Un abrazo<br /> <br /> <br /> Antonio García<br /> <br /> <br /> <br />
R
<br /> GENIAL COMO SIEMPRE ANTONIO. ANOCHE VIVIMOS UNO DE ESOS MOMENTOS QUE LOS MACARENOS NO OLVIDAMOS.....Y MIRA QUE VAN UNOS CUANTOS. DE MIGUEL TE DIRÉ, SIN EXAGERAR NADA DE NADA, QUE SIENDO UN CHAVAL<br /> FUÉ UNA DE LAS PERSONAS QUE ME HIZO MACARENO MACARENO. TODAVÍA, Y ESPERO QUE POR MUCHO TIEMPO, APRENDO COSAS DE ÉL. UN ABRAZO<br /> <br /> <br />
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