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Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra

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¡QUÉ SUERTE, ANA MARÍA!

Ana_Maria_Matute.jpgQué suerte Ana María, haberte tenido tan cerca. Qué suerte.

Aún recuerdo mi primer encuentro contigo, tan lejano en el tiempo y tan presente hoy en día en mí. Los sueños que dibujaste con tus letras se iban conformando en la imaginación, enraizando tan profundamente que motivaron en mí la pasión por la lectura. Las sensaciones que experimenté han quedado impregnadas en mi alma. El tiempo no ha conseguido vencerlas. Fuí descubriendo un mundo maravilloso, un espacio creado y concebido para ser explorado, conquistado y  poder compartirlo. Se abrieron contigo, con tu imaginación y tu primorosa y entrañable prosa, las puertas de la fantasía, porque todo lo que leíamos de ti, en aquellas tardes plomizas del otoño, con la luz desvanecida intentado vencer las aguas que resbalaban por los vidrios de las ventanas cuarteadas, se plasmaba indeleblemente en nuestra febril imaginación. Abríamos el libro de lectura, aquel joyero que retenía celoso fragmentos de la mejor literatura infantil y que se llamaba SENDA, y ahí se nos aparecía Paulina, con toda su bondad a cuestas, para aleccionar al niño ciego y hacerle ver un mundo nuevo abriéndosele en utilidad y provecho. Nos identificábamos con ella, con el mundo rural, al que disfrutábamos y tan parecido al nuestro, donde los niños de mi pueblo jugábamos y creábamos universos en campos que se llenaban de amapolas en primavera.

¡Qué suerte, Ana María! Que aparecieras en las calurosas tardes de verano, cuando el silencio se perpetuaba en el patio de mi casa y la canícula nos mortificaba con la inmisericordia de su poder y no había jurisdicción en la casa donde poder esconderse de él, y buscábamos siempre el frescor de la sombra incipiente para ignorarlo, evadiéndome a la magia de tus mundos. Distraía el calor con aquel librito, Primera Memoria, de pastas gastadas por el uso –suerte de libro- soñando, con la derrota de las primeras horas de la tarde, con María y su primo Borja que, como yo, iniciaban el periplo por el vertiginoso camino de la adolescencia, recién quebrado el cascarón de la infancia, que nos llevaba a perder la inocencia con el conocimiento real de la vida, de sus gentes y sus consecuencias.

¡Qué suerte, Ana María! Que nacieras a la vida literaria, que tu tesón y tu alegría prevalecieran frente a las obscuras mentes que intentaron desarraigarte de este mundo por ser mujer, que obstaculizaban la tinta que plasmabas en los folios en blanco donde emergieron príncipes y condes, doncellas y labriegos, niños huérfanos y jóvenes que idealizan su mundo para que luego las torres, desde donde vigilan al mundo y sus horrores, se materializasen en la imaginación de millones de lectores, para no concederte este galardón que tanto mereces y que ahora recibes con toda justicia y razón.

¡Cuánto honor para ti! Cuánto honor para las letras españolas! ¡Cuánta gloria para el Premio Cervantes cuando pronunciaron tu nombre para concedértelo! Gracias Ana María Matute y qué suerte, para mí, que aparecieras en mi vida.

 

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