Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra
El informe del RACC con el que nos han sorprendido durante el desayuno sobre la influencia que tienen las constantes retenciones del tráfico rodado, en algunos sectores concretos de nuestra ciudad, sobre nuestras vidas -datos de una entidad solvente en credibilidad-, viene a confirmar el empobrecimiento de la calidad del transporte público.
La utilización del vehículo privado en las calles de Sevilla ha aumentado considerablemente en los últimos años. Circular por algunos lugares es casi participar en un rally urbano para regocijo, en muchos casos, de niños que ven como sus mayores cambian de color, transforman sus modales y entierran cualquier atisbo de educación en el lecho profundo del mar de las obscenidades.
Hay barrios donde encontrar un aparcamiento es poco menos que un logro casi milagroso. La doble fila es hábito usual entre los usuarios de turismos –término de utilización corriente y habitual entre personas de mayor edad- asqueados y mareados por dar vueltas y vueltas a la manzana aún sabiendo de antemano que la búsqueda el hueco para dejar el coche, sin peligro a encontrarse con un papelito verde prendido del limpiaparabrisas, es una utopía.
Según el estudio del RACC los sevillanos nos pasamos casi dos días y medio del año metidos en el coche por mor de atascos y saturación en las vías circulatorias. Dos días y medio que nos privan del asueto y que elevan nuestros niveles de tensión arterial y reducen el colesterol de la manera menos natural posible. Algo que prefiero sufrir y verán por qué. Cuando alertamos de estos graves inconvenientes enseguida nos desvían hacía el uso del transporte público, que por lo visto es la panacea y la solución al problema del tráfico. Que se lo pregunten a los sufridos usuarios de líneas que no guardan los horarios establecidos, que en horas punta van sobrecargados desde el inicio de sus rutas, autobuses atestados como en Bangladés, y por ello, en muchas paradas ni siquiera abren las puertas para evitar una catástrofe multitudinaria,
Mi experiencia personal. Mi destino, la Basílica de la Macarena. Salgo de mi casa a las dieciocho y veinticinco. Me sitúo en la parada con la esperanza –mi escasísimo uso de este medio de transporte me coloca en la inopia- de que la espera no se eternice pues acaba de marcharse uno. A los quince minutos de estar elevando la vista hacia el horizonte, de crear un sendero en los límites de la acera, veo aparecer, en la lontananza, el ansiado vehículo. Tras visar el bonobús, veo que el conductor no es Fernando Alonso precisamente. Más de veinte minutos desde el origen hasta el Prado, donde tengo que realizar trasbordo. Me sitúo en la parada correspondiente y una pantalla me indica que la línea que he tomar llegará a ese punto en diez minutos. Como veo que el tiempo se excede de lo que anunciaba el luminoso vuelvo a mirarlo y mi sorpresa es mayúscula cuando observo que el mismo indicador me advierte que el bus llegará en QUINCE minutos, tiempo que realmente tampoco se cumple, gracias a Dios sólo han sido ocho. Vuelvo a tener la impresión de que he retornado a mi niñez y que estoy en las calesitas del colegio del Moro, que una sirena me despertará. Pero no lo que realmente me devuelve a la realidad es el empujón que ha metido una señora tras el frenazo del autobús para situarse en la parada. ¡Qué sensibilidad la del conductor! No podía disminuir la marcha paulatinamente, que eso no tiene gracia, si no de golpe y porrazo que es como de verdad la gente lo pasa bien. Por fin veo el Arco de la Macarena y nada más rechinan los frenos me lanzo a la calle Andueza y no beso la acera, como hacía nuestro querido y siempre recordado Juan Pablo II, por cortedad. Ganas no me faltan. Miró el reloj y son la veinte horas y ocho minutos. He tardado desde el Cerro del Águila a la Macarena, NOVENTA Y CINCO MINUTOS, como si hubiera ido a Cádiz. Ahora que me venga el RACC con otro informe. Prefiero perder dos días al año, que no media vida, enjaulado en un autobús.