Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra
Toca la superficie rugosa y presiente el calor de los años recorriendo la sinuosidad de sus venas. Es el riego de la emoción que retorna para empapar de vivencias su memoria. Son años recogidos en aquella caja de cartón, en aquel recipiente que mantuvo cautivo unos zapatos de charol hasta que fueron liberados de la reclusión oscura, hasta que pudieron resplandecer en una mañana de viernes santo cuando la Virgen venía colmando de gracia las calles.
Hay sentidos que vierten su saber y dolor en ella cuando accede al contenido, cuando destapa las esencias hermosas que quedaron embozadas y revueltas, sin orden ni concierto, en aquel cofre que le remueve el alma cada vez que lo coge, que se la mantiene en vilo con solo presentir el venturoso contenido.
Allí hay trozos de su infancia, de sus recuerdos de niña vestida de blanco, con encajes y pequeños bordados acicalando la tela de raso que parece nácar recién extraído para enaltecer su belleza, para resaltar la pureza que rezuma su imagen. Se restituye el tiempo que ha pasado y ve aquella niña posando en el estudio, molesta por las órdenes de aquel hombre que solo hace gesticular y dar órdenes para que se posicione de esta o aquella manera, todas ridículas y que la hacía ridícula a los ojos de su madre, que la observaba desde la trinchera que conformaban una silla y un desvencijado y obsoleto diván, un rostro ya casi irreconocible, que se desdibuja en su memoria y que la mortifica porque quiere recuperar la sonrisa de unos labios que posaron en su mejilla el primer beso, de los que salieron las primeras palabras de afecto hacia ella.
Hay momentos en los que le basta pasar la mano, acariciar las fotos, para presentir las presencias, para igualarse con el cosmos y traspasar las fronteras de la cordura, esas lindes que se confabulan con la imaginación y la trasportan al lugar donde alguien le forzó a posar junta a la amiga, aquella confidente de sus primeros amores, de sus escarceos afectivos, las ilusiones primeras y furtivas miradas que le llegaban de los negros ojos de un joven que la citaba y la retaba a conformar una historia de amor que duró sesenta años y que ella ignoraba entonces y en aquel momento, con el rubor del primer ósculo, de la inocencia desbordada por la incipiente pasión, que tanta soledad era imposible y mucho menos que llegaría a convenir un pacto de mutua compañía.
La caja de cartón era su corazón, el alma dormida en la serenidad de sus límites, de aquel espacio minúsculo que recluía el universo entero, su razón de ser, el retorno a sus mejores vivencias, a la recuperación del pasado en sepia, a deshacerse de la monotonía con sólo remover las viejas imágenes en blanco y negro que descansaban en el fondo de la valija que apresaba sus recuerdos, a deshacer el tortuoso camino del dolor con solo notar el perfil de aquel ribete que enseñoreaba y enmarcaba aquellos rostros, dotándolos con la gallarda presentación de un aire elitista a aquellos cuerpos ofreciéndose a la inmortalidad, luciendo sus mejores sonrisas, luciendo sus mejores galas en las fiestas del barrio, como queriendo apropiarse de la felicidad que solícito les reclamaba el fotógrafo.
Remueve las fotos como remueve su pasado, como queriendo alterar el tiempo de la dicha que se quedó prendida en los negativos y que la magia plasmó en aquellas láminas haciéndolas inmortales.
Cuando la melancolía se adueña de la espesura de su mente, cuando la brillantez logra asentarse, aún sólo unos segundos en ella, baja la mirada y busca entre el desorden de sus fotos aquellos ojos negros que la embrujaron y que durante sesenta años compartió todas sus experiencias. Y entonces se dibuja una sonrisa y una voz le susurra al oído una palabra de amor.