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Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra

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¡VIVA LA VIDA!

Unamuno.jpg            Otra vez la puerta de atrás abriéndose para esconder la verdad, para arrojar la basura recogida en las bolsas de las declaraciones sanguinario políticas de esos dirigentes que anuncian un alto el fuego, una tregua con la que recomponer filas mientras algunos se duermen en los laureles de consecuciones ficticias. Otra vez la sensación de impotencia imponiéndose a la razón del civismo. Otra vez la muerte se presenta en rostro de uno seres inhumanos a los que su conciencia ha abandonado hace mucho tiempo deshumanizándolos, convirtiéndolos en monstruos insaciables de la sangre que ya se ha vertido en caudales inauditos. Otra vez la memoria persiguiendo a quienes sufrieron el tormento en sus propias carnes, el retorno de las imágenes de sus seres queridos abatidos por el disparo traicionero en la nuca, o por la cobarde acción de colocar un artefacto explosivo en los bajos de un coche mientras el inocente tal vez duerma y sueñe con el futuro, con los hijos abrazándolo y los nietos volteando la tarde corriendo a su alrededor.

            Otra vez las imágenes de unos desalmados, que habían proclamado la tregua, detenidos mientras hacían acopio de materia explosiva para traer muerte y desolación a quienes no piensa como ellos. ¿Cómo en pleno siglo XXI hay seres que sólo piensen en la aniquilación de sus semejantes, en el exterminio de sus vecinos para quedarse con sus tierras? ¿Cómo puede engendrarse tanto odio para imponer fronteras cuando sólo pensamos en deshacerlas, en construir un mundo de todos, sin obstáculos, sin más límites que el horizonte? ¿Qué obtusa mente, derivada sin duda de la dureza de la impiedad, de la negrura de sus almas, concluye que la manera única y certera para la consecución de unos fines venga a determinarse con el exterminio de sus congéneres? Doscientos kilos de explosivos almacenaban. Doscientos kilos de muerte esperando para obtener un trozo de tierra, de materia al fin y al cabo.

            Mientras tanto Sortu, esa coalición de hacha y serpiente,  engendro  formado por la macabra alianza de los partidos ilegales aberzales, que ya fueron destituidos y apartados del orden democrático, con otras denominaciones, para poder litigiar ¿democráticamente? en las próximas elecciones municipales, guardando silencio, ignorando su parte de ineludible culpa, cohabitando y encubriendo las sordas actividades que sólo traen lágrimas y ocasos, encubriéndolos y amparándolos, observando desde las oscuras profundidades de su inconsciencia, en sus parapetos de estiércol e inmundicias donde se acogen al derecho de los cobardes, como salen abatidos de sus lúgubres escondrijos.

            Pero lo realmente sobrecogedor, lo que estremece y pone en un brete a la razón del hombre, es contemplar las imágenes, que los medios de comunicación han puesto a disposición de la opinión pública, en las que se pueda apreciar a un minúsculo sector de la población vasca, un reducto de intolerantes y fanáticos exaltados, vitoreando, como si de héroes se tratara, a estos criminales reducidos por las fuerzas de orden público. Personas cuya apariencia no desata ningún tipo de advertencia, ni sospecha, aplaudiendo a los portadores de la muerte, ensombreciendo a los muchos vascos dignos, pueblo sencillo, veraz, de una cultura excepcional y educación ejemplar, como aquél que hace setenta y cinco años, en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, proclamó ya, en otras tristes vicisitudes, su negativa a participar del enfervorizado elogio a la muerte de los desaprensivos de la época. Miguel de Unamuno no quiso ser parte del despropósito del enaltecimiento de la más negra condición de los hombres, y sí  procurar aliarse con la inteligencia, que provee al hombre de su libertad,  y convertirse en defensor de la vida de sus semejantes y de los placeres que ésta pueda proporcionarnos. La violencia sólo puede engendrar violencia y por supuesto, nunca podrá sustituir a las palabras, mucho más poderosas y bellas para la consecución de los fines primarios del hombre.

 

 

 

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