Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra
Es el juego de la memoria la invoca los sentimientos, la que nos hace trasnochar en la evocación para introducirnos en maremágnum de unas imágenes que comienza a prenderse de la niebla, a fundir sus colores en la gama de los grises, como esas películas del principio del siglo veinte que han quedado inmortalizadas porque las contemplamos en la edad en la que idealizamos hasta la voluntad.
Había amanecido mustia la jornada, deslucida la luz de la mañana porque toda la luminiscencia quedó contenida en las miradas de unas mujeres que saben mucho de amaneceres y caridad, de entrega y recogimiento, de esas mujeres que laboran entre los pobres acercándose a Dios con la misma fidelidad de su fundadora, un reguero de santidad que suele extenderse por toda la ciudad, por los lugares donde la pobreza es hábito de vida y donde nadie se acerca ante el temor de perder la egoísta condición del bienestar que se nos ha facilitado, porque el sentimiento de culpabilidad nos atribula y preferimos ignorar para no padecer.
He de reconocer que acudí a aquella importante cita sólo. Ataviado con mis mejores galas, allá que me fui, incluso teniendo constancia de la poca importancia de mi presencia. Una gota de agua en el océano. No me podía perder aquella extraordinaria ocasión, uno de los acontecimientos más importantes que en esta ciudad ha ocurrido en el último siglo, por no evocar épocas superiores. Por eso, cuando accedí a la gran explanada, que yo creí exagerada en sus límites, sobredimensionada, holgada ante la concurrencia, quedé sorprendido porque ya un gran muchedumbre abarrotaba los espacios empequeñeciendo el territorio donde se acoge, en la primavera, la ciudad de la alegría, ésa misma que dentro de unos días recuperará el espíritu y el duende que la hacen extraordinariamente hermosa.
Como pude fui franqueando las barreras, esquivando la compacta masa de personas, sorteando a los grupos que lanzaban aleluyas y proferían cántico, que enaltecían la labor de aquellas monjas dispuestas a ser testigos de la santificación de su fundadora –esto no es más que el refrendo institucional de lo que ya todos sabemos, comentó alguien a mi lado, cuando intentaba alcanzar la primera línea de observación, la más cercana la improvisado pero majestuoso altar. Milagrosamente no sólo logré mi objetivo sino que pude acodarme en una de las vallas que me separaban del escenario principal.
Al poco tiempo una inmensa algarabía, un tremendo estrépito se desató en el principio del eventual recinto. Flamearon banderolas, se agitaron miles de gallardetes y una marea aérea, albea y amarilla, se transmutó en el más hermoso de los saludos. Por el carril central apareció un vehículo acristalado y enhiesta, majestuosa y poderosa se erigía la figura de Su Santidad el Papa, Juan Pablo II, saludando a un lado y a otro. Su fortaleza espiritual se manifestaba en la sonrisa que traspasaba la acristalada protección. Cuando el vehículo llegó a mi altura, agité mis brazos, extendí mi cuerpo todo lo que mi fuerza me permitía y entonces el Soberano Pontífice, el enviado por el Espíritu Santo, torció su gesto hacia donde me encontraba y por un instante –una eternidad retenida en mi memoria- cruzamos las miradas.
Llegó para elevar a los altares a Madre Angelita, para certificar la grandeza, la entrega sin medida y la bondadosa caridad de la Fundadora de la congregación de las Hermanas de la Cruz. Entonces, hace casi treinta años ya, el cielo le había vuelto a escoger para que él mismo alcanzara la Santidad.
Ayer recobré la profunda mirada de este hombre que cambió el curso de la historia reciente, que nos acercó a la espiritualidad de la Iglesia y que un cinco de noviembre de mil novecientos ochenta y dos –al menos durante un segundo- cruzó su visión con la mía.