Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra
No necesitamos que nos hagan saber la cantidad de ciudadanos que han pasado a engrosar las legiones de parados de este país. Basta con darse una vuelta por las inmediaciones de algunas de las oficinas del INEM y contemplar esas colas que se eternizan en las aceras, que buscan esquinas para eludir la desesperación. Hileras de semblantes serios, cuando no con rasgos dramáticos, que saben de la penuria que les espera, del amargor de ser conscientes de una situación de desilusión que les habrá superado y que la espera, a la intemperie, habrá sido en balde.
Familias enteras han caído en la desgracia de una situación que comienza a ser trágica, sin que ninguno de sus miembros puedan aportar las cantidades precisas, no sólo ya para el necesario sustento diario, sino para hacer frente a los gastos naturales de un hogar y por supuesto, a la temida hipoteca.
Ya hay personas cercanas nuestros entornos familiares, de esas a las que nunca hubiéramos podido imaginar que se verían absorbidos por este desastre, pagando los derroches de politiquillos y banqueros que se unieron para hacernos creer que vivíamos en el país de las hadas, fomentando el consumo exagerado e innecesario, ofertando créditos sin garantías salariales, con nóminas que evidenciaban la eventualidad en el trabajo, con la inseguridad laboral planeando en horizonte. y otorgándolos aún sabiendas, que en la mayoría de los casos, no podrían ser resueltos si no con embargos y liquidaciones patrimoniales.
Debo suponer que las estimaciones económicas realizadas por el gobierno debían haber previsto las condiciones inmediatas, evaluando, con rigor y seriedad, las fluctuaciones de un mercado que ya dejaba entrever la saturación inmobiliaria en la que se sustentaba la economía. Cuando la burbuja estalló, su onda expansiva se llevó por delante a multitud de pequeñas empresas que se vieron imposibilitadas para asumir los gastos a los que se habían comprometido, asumiendo subcontratas con empresas de mayor envergadura que a su vez se vieron abocadas, por el efecto dominó, a la fatalidad del cese de sus actividades.
El gobierno ignoró, en un primer momento, la crisis y eludió su responsabilidad, sin tomar medidas, sin ejercer su obligación de informar con veracidad y rigor de la gravedad de la situación, como hicieron otros países de la comunidad europea, indicando incluso que esta explosión del crédito no iba a afectarnos –las inminentes elecciones “aconsejaban” este discurso-, retractándose a los pocos meses para indicar que la nación necesitaba una reducción del gasto y así introdujeron el recorte en las pensiones, en las obras sociales y volcaron sus intereses en procurar que los bancos equilibraran sus balanzas de pagos. O sea cargaron todo el lastre de la recuperación –que está por ver- en las espaldas de los de siempre: las clases menos pudientes, a los que más trabajo les cuesta salir adelante. Los que siempre pagan los derroches de las minorías. Y todo este arenga pronunciada desde el ambón del pensamiento social demócrata que auspiciaba el fin de las diferencias sociales y la implantación de la sociedad del bienestar.
Ahora vienen, otra vez engañando al personal, a indicar que los factores son muy positivos y las expectativas para acabar con esta lacra, muy favorables, porque los hoteles y los restaurantes han notado un apunte positivo en la Semana Santa y en esta Feria que se nos viene encima. Habrá sido en Logroño, porque los que es en esta ciudad las expectativas de crecimiento a la vista están. El paro sigue creciendo, los pequeños negocios despareciendo por el notable descenso de ventas, los índices del consumo decreciendo y la capacidad crediticia, que se suponía habría de mejorar con las inyecciones económicas a Cajas y Bancas, estancadas a fin de conseguir sus cuadre de cajas, o sea ganar lo mismo que en ejercicios anteriores a expensas de las miserias de los menos favorecidos, que ven como pierden sus trabajos, sus derechos, sus casas y hasta la dignidad. Cabizbajos las colas del paro se desplazan desde las inútiles oficinas del INEM hasta la calle Don Remondo, donde CÁRITAS – o sea, la vilipendiada Iglesias Diocesana por los causantes de la crisis- no da abasto. Cinco millones de parados y en este país no pasa nada.