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Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra

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CALLEJERO DE LA CIUDAD, UN CRONISTA SIN VOZ

            CALLEJERO.jpgReconocer los méritos de las personas en vida es el mejor regalo que puede realizarse hacia quienes se han distinguido en su labores profesionales, a quienes se han caracterizado por su dedicación a los demás, en su entrega por la consecución de un mundo mejor, más ecuánime, donde las riquezas se repartan en igualdad, solidariamente. Es de justicia conceder galardones a quienes salvan vidas todos los días, a quienes la vocación les ha llevado a convertir almas y han conseguido la santidad por ello, a quienes se destacan en las labores de investigación, trabajando día y noche, recuperando la ilusión con cada fracaso, recuperando fuerzas cuando el resultado de meses de trabajo se va al traste y parece que la vida se escapa por el sumidero de la desesperación.

            Cientos de nombres vienen a mi mente que han merecido el reconocimiento de los paisanos y han pasado al limbo del olvido por el mero hecho de acrecentadas envidias, por disidencias políticas que imponen la injusticia de la desmemoria, como si quisieran obviarlos de la historia con el hecho de suprimirlos del nomenclátor, del callejero ciudadano, como si arrancando los nombres de las fachadas pudieran suprimirse sus glorias o sus horrores, se disiparan los fantasmas que corroen sus miedos, como si con su destrucción pudieran extirpar los odios y los rencores y se restituyeran las vidas que se escondieron tras los azulejos. Nos han venido sisando la posibilidad de retener las figuras esenciales de la tradición y sus intrahistorias por enconamientos personales. Hay una parte de la memoria de la ciudad escrita en la cal de las paredes,  que vienen a restituir la condición natural de la ciudadanía. Estos espurios y caprichosos trastornos del callejero sevillano nos ha restado la posibilidad de recuperar la identidad pasada de la ciudad. Los rótulos que separaban barrios, collaciones, eran cronistas de su propia identidad, de personajes que se distinguieron en el servicio a sus vecinos, eran narradores de las hazañas ultramarinas que enardecían la imaginación de los infantes y querían asemejarse a sus héroes, referentes que mejoraban sus condiciones vitales, sus valores espirituales, que los acrecentaba incluso. El nomenclátor de una villa ha de servir la alertar la memoria de quienes ahora las recorren.

            En esta ciudad se ha instituido el diezmo por los servicios prestados a intereses partidos y políticos y se ha cometido la villanía de nominar una gran avenida con el nombre de una actriz cuyo mayor mérito contraído, para con la historia de esta ciudad, además, ha sido ridiculizarla y nombrarla en alguna obra cinematográfica, y se ha obviado a sevillanos que siguen entre nosotros, gracias a Dios, y que llevan en el alma a esta ciudad de ingratitudes y felonías.

Vienen a mi memoria Joaquín Caro Romero, reconocido poeta que prefirió residir en este espeso lugar de su nostalgia infantil, en vez de en la capital de España, cuando allí su proyección literaria hubiera alcanzado mayor relumbre. O Antonio Burgos, que sigue siendo el defensor de la ciudad de la memoria y de lo que queda de ella. O el Conde de las Natillas, o Vicente el del canasto, o Manolo Santiago o cualquiera de los que se desviven por sus Hermandades, o por crear tejido industrial, cuando los dejan, o por haber dignificado arte del toreo con una media verónica, o los doscientos mil que a ustedes se les pudiera referir.

Cualquiera de ellos han contraído méritos más que suficientes para el reconocimiento público. Pero aquí lo que prima es reinventar la historia, crear una ficción con la que satisfacer la mentira de leyes que dictan desde el rencor y el resentimiento, y pagar con ello algún favor político

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