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Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra

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EL FRESCOR DE LA ESPERANZA

EL-FRESCOR-DE-LA-ESPERANZA.jpg            Ya se alargan los días de esta postrera primavera, de esta etapa de la climatología que se endulza con los aromas y las fragancias de la floresta que comienza a emerger en las jacarandas y a teñir los suelos de añil, en los plataneros, en los arrayanes que juegan con la sinuosidad de sus formas en los jardines. Viene esta luz de los amaneceres de las postrimerías de mayo a renovar las esencias de los campos,  a divulgar el poleo su fragancia por las solariegas vegas que el Guadalquivir riega y amamanta, a esperar una mano, que cautiva de la soledad, lancea la espesura de la calima para ondear la rama e impregnar del frescor la suave caricia.

            Retorna el sol a besar lánguidamente la espadaña, a sembrar la cal de luz dorada y resaltarla, a bruñir el bronce nuevo de las viejas campanas que retoman la alegría por tan esmerada caricia, porque cada repique nuevo, cada vuelta del collar, es un pregón de esperanza. Se prolongan los días para encantar las miradas perdidas que se vierten en las fuentes, remansos de paz que murmullan la gracia del frescor que alivia sofocos, sonatas de mármol y aguas que recitan los poemas que duermen en las gargantas de enamorados sufridos, suspiros de desengaños que van a morir en el borde por donde se asoma el agua, por donde refresca el albero la gota desbordante.

            Los recodos de la calma buscan en las tardes largas el sopor reconfortante de los sueños que distraen nuestras perezas, que pone en fuga las molicies que se asientan en la conciencia que quiere esquivar el bochorno vespertino que asola a la ciudad, despoblándola, páramo de canícula cruel donde sólo la cigarra se siente emperatriz y es capaz de soportarla.

            La dama de noche huye de la vereda cuajada de luz. Por la pared va enredando un conjunto de fragancias, en el blancor de sus flores, el resumen de sus gracias, pétalos de albor resaltando sobre el verde que la guarda y la protege del fragor de la calima, y cuando la noche caiga, cuando la luz se aletargue buscando su lecho en el horizonte –por donde el mundo se acaba - y la brisa confluya con la plata derramada por tejadas, por azoteas y plazas, ofrecerá una sinfonía de perfumes y de aromas para rejuvenecer el espíritu, a confortar la nostalgia, a recordar la plegaria, la invocación necesaria que solicita una la tregua a la luz para gozar de la calma que viene a procurar la dicha del sosiego, del frescor que viaja en la brisa nocturna y se aposenta a tus plantas.

            Viene esta luminosidad tan clara a rendirse en las entrañas de una penumbra que es luz porque emana de la mayor de las gracias. Llega vencida al umbral donde nacen las fragancias, donde el aroma es procedencia y destino, principio y final, a deshacer su arrogancia. La solariega tirana, la que adormece el sentido y se proclama opresora de la sensatez humana, fallece junto a sus plantas.

            En las tardes de calima, cuando se espesan las horas por el calor, buscad el aire nuevo, el aire que regenera con su frescor las almas. Buscad el jardín que La rodea, donde el calor se atenúa, donde se rinde a la forja, porque Ella es el candor donde se fragua el amor, donde se esculpe el donaire que procura su Esperanza.

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