Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra
Era un patio pequeño, divido en dos espacios, uno cubierto con una pila de dos senos cerámicos donde en otro tiempo, tiempo de escasez y penurias, de vida taciturna y recogida, de días grises aunque el sol primase en el orto del cielo, se realizaba la colada dos veces a la semana. En el otro ámbito, abierto al aire y a la luz, se disponía el otro espacio del patio. En un rincón, una pequeña fuente con un grifo de bronce. Frente a él, una batería de macetas con helechos, pilistras, algunos geranios, claveles, dos rosales y una dama de noche que trepaba sinuosa por las encaladas paredes y se asomaba curiosa a las ventanas de los dormitorios y aromatizaba las tardes tórridas del verano, además de espantar a los mosquitos, que aseguraba mi madre con tanta rotundidad y convencimiento que parecía sacada de un tratado científico, lo que le daba un carácter veraz a la sentencia.
Apenas los primeros calores hacían acto de presencia, cuando la Semana Santa era ya un sueño y la Feria un recuerdo, y las noches comenzaban a desperezar su sueño para asistirnos con el alivio de una liviana brisa, tan reconfortante que nos devolvía la sensación perdida de comodidad, aunque sólo fuese causa de nuestro propio inconsciente, de la necesidad de desasirnos del agobio del calor, se cruzaban las paredes con gallardetes de papel, con banderolas que anunciaban una manzanilla salunqueña y que algún vecino tenía la previsión de guardar cuando desmontaba su caseta y se disponía una sencilla estructura de madera, una sencilla cruz enjaretada a la pared donde se iban colocando flores de papel, casi siempre rojas, hasta recubrirla en su totalidad. Como la luz artificial –una bombilla que parecía surgir de la pared- era tenue se enriquecía con dos lámparas que se colgaban en extremos opuestos del patio, consiguiéndose la luminiscencia suficiente para el propósito que se pretendía.
Cuando las primeras sombras se vertían por el pretil de la azotea, los vecinos comenzaban un trasiego por el pasillo que se llenaba de sillas, siempre dispuestas en torno al exornado patio, enfrentadas a la cruz de papel que presidía el lugar. Por entonces ya sonaban los románticos boleros de Antonio Machín, melodías que surgían de la magia de un pick up. Poco a poco el ambiente se iba calentando y Rafaela comenzaba a cantar sevillanas de francisco Palacios, El Pali, mientras Teresita y Mari Carmen bailan al son marcado por las palmas que acompañaban el popular cante. Los hombres habían ido a comprar pavías a la Alameda y cuando aparecían y volcaban los papelones sobre las mesas un tropel de niños se abalanzaba sobre la comienda y tenía que imponer orden Mariano, que para eso era guardia jurado del parque de María Luisa.
Una vez mi tío Manolo instaló su proyector de cine y vimos varias películas cortas de las Historias y viajes de Sandalio, y un cortometraje de su viaje de bodas, que él mismo se encargó de explicarnos, y en las que se veía a mi tía Antonia dándose un atracón, durante los desayunos, por aquello del buffet libre, algo que a ella le parecía inaudito.
Entrada la madrugada, en sus primeras horas porque había que trabajar al otro día, aún siendo sábado, se recuperaba el sosiego y la tranquilidad tras los bailes y cantes, se organizaban corrillos, por afinidades casi siempre, y entonces se conformaban tertulias y yo oía estupefacto, con denodada admiración la mayoría de las veces, aquellas las batallitas que contaban de “tiempos mejores”, de la mili donde algunos tuvieron noción de la primera camaradería, de la guerra de Sidi Ifni, donde José perdió la mano -y la alegría- que le faltaba. Historias que recupero, para honrar la memoria de gente que me enseñaron un modo distinto de entender la vida, porque en estos días que median el mes de María se celebraba en mi casa, que era de muchos y de todos, solaz de convivencia y amistad, la cruz de mayo.