Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra
Es difícil entender que la amistad pueda sorprenderte en cualquier momento, en la situación más inesperada. Es extraordinariamente hermoso que los muros de la edad se desintegren en pos del afecto, trasgrediendo la normas básicas del espacio y del tiempo, tan necearías en otras lides de la vida, aunque estos factores sirvan para cimentarla, para afianzarla en el alma.
Cuando le conocí ya había dejado atrás la edad de oro, esa que ralentiza horas y las transforma en placer, ya su calendario había acaparado el dominio donde se establece las acomodaticias pausas del tiempo, donde las tardes se acomodan en el diván de la desidia y pasan a formar parte del ocio que te procura de la libertad, justamente recibida tras décadas de trabajo y sumisión de obligaciones familiares que tan amorosamente realizó.
Mantenía algo de tristeza en su mirada, como un halo de nostalgia perdida, de vivencias extraordinarias que se manifestaban en sus recuerdos y que con tanta frescura y espontaneidad relataba. Éso fue lo que me atrajo, su sinceridad, la naturalidad con la ejecutaba sus acciones, descubriendo sin tapujos su personalidad, la verdad que Machado definió de manera tan extraordinaria, un hombre bueno en el mejor sentido de la palabra.
Antonio había nacido en el barrio de San Julián, cuando se ultimaban los preparativos para el gran acontecimiento del veintinueve. Quedó huérfano de padre siendo un niño y fue internado en el Centro Salesiano de la Trinidad donde se integró en la banda de cornetas y tambores, destacando en el manejo del tambor. Quienes recuerdan su redoble magnifican esta habilidad a la que tan pocos es dado comprender. Tan es así que los responsables de la Banda de la Centuria Macarena pronto fijaron sus miras en aquel muchacho menudo, que imagino sonriente y mostrando la claridad de su mirada, como un adelanto sobrenatural de la devoción que habría de sorprenderle cuando las primeras luces del amanecer descubren la cal de las paredes de un convento donde reposan y se asientan la Caridad y Esperanza. Muchos años después cambió las hermosas brumas que gallean en casco de plata por el terciopelo que muestra los cielos morados que acompañan al Señor de la Sentencia. Cuántos años de diálogos, cuántas madrugadas sorteando fríos, descubriendo calmas, atajando miedos para resarcir la grandeza que escapaba incontrolada del alma. Cuántas miradas cruzadas buscando la cruz de unas manos que atesoraban su Esperanza, cuántas ilusiones prendidas quedaron en la calzada de Parras o de Escoberos cuando el andar nazareno dejaba huellas de cera o de lágrimas; cuántas oraciones elevadas al oropel del rostro del Sentenciado, cuánta herencia se reverbera con tu sangre en la madrugada más santa, en las horas que no existen porque las cubre la Esperanza, cuando tus hijos invocan la memoria y la gracia de descubrirles el mundo que cabe en una mirada, en un segundo que se eterniza cuando la marcha se inicia y se blande el cirio morado del nazareno que va profanando la senda por las que tus piés ya pasaron, y el redoble suena a tu nombre y la música acompasada guarda esencias de ti.
La memoria, decía Montesinos, siempre busca el camino más corto para herirnos. Hoy tu recuerdo, querido Antonio, ha asaltado el muro de mi nostalgia con esta foto que tus hijos nos regalan. Hoy querido Carrasco, vuelves a blandir nuestro más preciado bien, a ser parte de nosotros, como en aquel tiempo cuando te ajustabas la coraza o te ceñías el cíngulo, morado y oro que tú mismo confeccionabas, para escoltar al Señor de la Sentencia, ora con redobles de gloria, ora con oraciones emocionadas. Hoy se aparece ante nosotros un tesoro sólo visible a quienes se les ha conferido la gracia de la Esperanza.
*A la Memoria de Antonio Carrasco Breval, macareno, armao, amigo.