Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra
El día que vio la luz primera este mundo descubrió a una gran mujer. Mantiene la firmeza de la que se nutrieron sus antepasados. La robustez de su espíritu es digna de encomio y algunos incluso pueden envidiarla por ello, porque no tienen la virtud de saber compartir los sentimientos, pero éso es una gracia que Dios concede a muy pocas personas. Sabe y conoce del dolor, del sabor amargo de la vida y ésto, que para otros no sería más que un motivo para despreciarla, para ella han sido cimientos donde ha ido construyendo y elevando su existencia hacia un plano superior y al que sólo acceden los escogidos. La bondad es su primera, y no la única, virtud. Por más que lo niegue no sabriamos ni podríamos vivir sin ella; sin la sonrisa abierta que descubre matices de amaneceres, nos perderíamos caminando por la oscuridad; sin su cariño nos desviarímos al mundo de la tristeza; si no compartiera su vida con nosotros deambularíamos sin norte por este valle de lágrimas.
Conocerla fue mi gran descubrimiento a la vida. Por ello doy gracias a Dios. Por los días que he vivido, por los dolores que he compartido, por el apoyo que he sentido, por las alegrías que descubrí, por las tristezas que encubrió, por los besos que sentí, por la hija que tuvimos, por la comprensión de su ser, por no querer nada para sí y si para los demás, por la gente que conocimos, por todo ello y algunas cosas más, siempre la querré.
Mi vida va ligada inexcusable e indeleblemente a la suya. Pocas veces he podido enaltacerla. Ella sabe por qué. Hoy no puedo dejar de pensarla, de evocarla, de intentar retenerla en mi memoria aunque la rutina y el trabajo se opogan a ello. Hoy puedo ver su voz y oír sus ojos. Porque su voz me descubre caminos que nunca supe que existían, me traen su memoria que ya he hecho casi mía y sus ojos me hablan de la luz del alma, de la grandeza de su amor, de las estrellas que nacen cada vez que parpadean, del universo que se despliega cuando lanzan el discurso, intenso y azabache, de la amistad. Sus ojos me llaman para acogerme, me atraen a la posada que tantas veces, egoístamente, he necesitado para el reposo.
Hoy, como cada día, como cada año de mi existencia desde que la conozco, me congratulo de celebrar tu cumpleaños, de que el destino nos uniera, de haber pasado contigo, con sus luces y sus sombras, lo mejor de mi vida. Hoy no me importa proclamar lo que te quiero; no importa enerbolar la insignia de mi amor, ondearla al aire para exaltar la felicidad de saber que tenemos toda una vida y la eternidad para disfrutarla. Feliz cumpleaños, Lola.