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Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra

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EL DESVÁN DE CHIANLI

                                                                                                                                                             

TABERNA DE CHUANLIComo eso sea verdad, apaga y vámonos. Comenta el maestro Burgos, en su columna diaria de ABC, que ya ha comenzado la invasión del sector de la taberna por la comunidad china. Ésos ciudadanos del mundo que están copando el mercado de la moda, la alimentación y el audiovisual. Entramos en una de sus tienda –es un decir, porque algunas son de tal tamaño que ocupan dos naves unidas en algunos polígonos industriales, desbancando al concesionario de coches o una multinacional de pinturas- y hay de todo. Si obviamos la calidad, que algunos les importa un bledo, o la procedencia del producto, su manufacturación o elaboración por medio de la explotación sin escrúpulos, los precios no tienen competencia. Justo al lado de una de estos megacomercios, en el Cerro del Águila, hay una importante empresa sevillana dedicada a la venta y distribución de material electrónico y audiovisual, que mantiene a unas pocas de familias, desde hace muchos años, que debe pagar unos impuestos desorbitados, atender la seguridad social de sus empleados y hacer frente, año tras año, a las mejoras salariares que se estipulen en los convenios que marque la actividad empresarial. Pues bueno, la tienda de los chinos vende material similar a la de la empresa sevillana, con la que comparte tabiques, a un precio infinitamente menor que aquella.

Si trasladamos esta ineludible comparación al gremio de los taberneros y estos emigrantes asiáticos empiezan a deshacerse de sus restaurantes –que no me explico cómo pueden mantenerse estos negocios, porque yo todavía no he visto entrar a nadie a tomar parte de la carta que exponen en la puerta de la clausura de sus locales- para transformarlos en bodeguitas o bares de tapas, acaban con una tradición de siglos, con la peculiaridad etnológica de esta ciudad, conformada por el esfuerzo y dedicación de generaciones, que han ido construyendo, a fuerza de coraje y penurias, el paisaje sentimental de nuestra ciudad.

Que empiece a temblar Rogelio Trifón como estos mercachifles le pongan una abacería –“El desván de Chianli”- al lado de su tradicional negocio. Que Casa Moreno vaya conformando el parte de defunción de su popular institución culinaria, de trastienda y botellín, de lata de conserva y charla pausada, como algunos de estos avispados de ojos rasgados le dé por imitar la peculiar forma de compaginar tertulia y bocadito de chorizo. Que Peregil vaya preparando un ERE para sobrevivir cuando el chino de turno encuentre la forma de cantar fandangos, tras el mostrador, dejando a un lado ese dejillo tan sui generis que da el habla de Shangai, que mantengo la completa certeza de que lo lograrán.

Ya estoy viendo cómo abrirán las puertas de sus negocios, a las cinco de la mañana, como hacían los antiguos montañeses cuando llegaban a esta ciudad y dormían bajo los mostradores de sus colmaos para rentabilizar sus inversiones, a esas familias preparando en vez de los rollitos de primavera unos flamenquines del tamaño de la batuta de Daniel Barenboim, o en vez de arroz tres delicias una ensaladilla rusa incapaz de competir con la de la Alicantina, pero a mitad de precio de la que pudieran ofertar los de su competencia. Que vaya pensando el Tremendo en ubicar una quincalla en sus cuatro metros cuadrados cuando Chen Wuo Tu, con mandil y las manos coloradas, descubra el rito de tirar la cerveza Cruzcampo, en ese punto de frescor y espuma que tantas veces nos ha elevado a la gloria.

Ya lo dijo Churchill cuando alguien le preguntó sobre la posibilidad de expansión del pueblo chino, de su incorporación al mundo de la tecnología, de su acercamiento a las sociedades democráticas y las transacciones comerciales que pudieran establecerse con el país de los mandarines, de más dos mil millones de habitantes, tras la conclusión de la Segunda Guerra Mundial, y muy sabiamente entonó el viejo anglosajón: “Dejad que el león siga dormido”. ¡Qué razón tenía!

 

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