Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra
Muchas veces olvidamos lo importante que es manifestar nuestros pensamientos con cordura, sin sobresaltos, con discreción y juicio. Expresar las opiniones, si se formulan con la corrección y el respeto debido, no hace más que engrandecer el espíritu de los hombres y formar al receptor, si sabe extraer la esencia positiva con la que poder conformar una conclusión definitiva del pensamiento transmitido.
Las palabras deben ser arpegios, con capacidad para componer sinfonías en la que los fundamentos de la realidad sean considerados premisa principal, con las que conformar sensaciones, aunar sintonías y fomentar la convivencia. Nadie puede molestarse, ni verse reflejado en ellas, por las críticas honradas, emitidas desde la razón, la buena fe y la seriedad, máxime cuando con ellas las personas y las entidades se benefician y crecen. Hay que saber exprimir, y aceptar, el jugo que contienen si con ello además se enriquece la existencia, que al fin y al cabo es una forma de procurar la felicidad a los que nos rodean.
La sociedad actual está olvidando estas premisas esenciales para la convivencia pacífica y suele racanear en comportamientos honestos, en manifestaciones honradas. Se utilizan como modelos, por modernidad mal entendida, acciones y expresiones bochornosas que no tienen otra intención que la de zaherir, la de hurgar en heridas e infectar, con su maledicencias, la conciencia pobre y mal formada de algunos. A veces incluso hasta transformar la realidad y en otras, intentan fomentar intencionadamente, la confrontación. Sería necesaria e imprescindible la revisión de la idea “de todo vale para conseguir un fin”, pensamiento que está horadando la esencia de muchos jóvenes que ven en ella una meta, un espacio para colmar y saciar, de manera repentina y urgentemente, casi sin esfuerzos, sus necesidades básicas y profesionales. Y lo peor es que algunos creen en esta nueva filosofía vital, que imponen principalmente los medios de comunicación, muy especialmente los audiovisuales.
Hace muy poco pregonaban desde uno de ellos, con vehemencia y satisfacción, la necesidad imperiosa de retirar, de los centros educativos y estamentos oficiales y gubernamentales, los crucifijos por la sencilla razón, aduciendo incluso a criterios constitucionales, de que pudieran molestar a quienes cruzasen su visión con Él, en salvaguardia y defensa, muy especialmente, de los no creyentes y de los que confesan y promulgan otras religiones. Estoy seguro que a éstos últimos no les importuna en absoluto Su presencia en estos espacios, pero utilizan este argumento para herir el sentimiento de los católicos. Claro que les irrita porque en estos crucifijos ven los valores que a ellos les faltan, la humildad que no pueden soportar, el amor que son incapaces de retener, la libertad que están intentando sustraer a quienes no pensamos como ellos, la tolerancia que tanto les gusta manipular a su conveniencia.
Todavía estamos en condiciones de poder decidir por nosotros mismos, sin que nadie vengar a cambiar lo que con tanto amor se ha construido desde el mismo momento que fue clavado en aquel patíbulo. Dios, Ése que tanto molesta a estos paradigmáticos de la falsedad y buscadores de su propio beneficio, de estos ególatras que ningunean a las instituciones y a las personas, nos ha conferido la gracia de la razón y por lo tanto no pueden molestarnos con sus proclamas y argucias fundamentalistas. Alcemos la voz a modo de crucifijos sonoros. Esta sociedad no debe dejarse sustraer sus valores, ni podemos desprendernos de la fe de nuestros mayores de manera tan gratuita, porque tiene el mejor blasón que pudiera enarbolarse, un argumento de tanta valía que sólo con pronunciarlo llena nuestras almas con su esencia y con La que nadie pudo, puede, ni podrá: la Esperanza.