Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra
Ya se ha mostrado para rendir a la incredulidad. Un viaje tan corto y tan venturoso pero tan extraordinario. Tan resplandeciente, tan exultante y radiante en su ascensión aparece para anunciar la victoria del ensueño. Es el heraldo del entusiasmo, de la gran alegría que vendrá para implantarse en los corazones. Toda la ciudad se dispone para recobrar la memoria de la felicidad, para departir con el tiempo de lo inaudito, de lo inverosímil.
Volverán las viejas estampas, como las amapolas copan los campos en primavera, a florecer en las avenidas, en las esquinas, en los bulevares. Hoy como ayer una horda de niños avanzarán por las calles, que se desharán por unas horas del estruendo de los coches maltratando a esta vieja Híspalis, con la marcialidad que impone la entelequia que están por vivir, asidos de unas manos que tiemblan porque van al reencuentro de su niñez. Hoy los ojos estallarán ante el gozo, revivirán aquellas tardes invadidas por la ilusión, serán vencidos por la nostalgia y se verán inmersos en un viaje fantástico, prendido del tiempo de la inocencia, donde se sostienen los deseos propios para que sean disfrutados -en esta tarde gris de bufandas cruzadas al cuello, de abriguitos con destellos dorados al pecho, insignias impuestas que recogen todo el amor maternal, de miradas elevadas al cielo, de un sueño incontrolado que va venciéndolos- por otros que nos siguen en la tradición y en la verdad de esta gran fiesta.
Vuelve a tomar impulso. Sabe que el trayecto es muy largo, sideral casi. Traspasará los límites del universo, orbitará por los confines del cosmos deseoso de un encuentro, de una avenida que le reclame la propiedad. Va buscando una mano donde reposar. Lleva recuerdos envueltos en el colorido celofán que guarda. A veces alguna lágrima, un sentimiento prendido en la memoria, un mensaje que rememora una vida compartida. Tan minúsculo y tan grande. Es cómplice de los secretos que se mantienen en el cielo. Su ascensión no tiene retorno. Lo sabe y lo asimila.
Ya no tiene remedio. Va taladrando el aire. Su ansiedad lo propulsa. Hay un espacio en la eternidad donde las sonrisas son eternas, donde se dibujan las emociones sobre nubes blancas. Hay un pórtico que se abre a la Gloria, una puerta que se descorre una vez al año para procurar el milagro de la multiplicación de estas conmociones que un día fueron suyas, para restituir la alegría de los ojos vencidos en batallas terrenales, para que las manos forjadas mantengan la hermosa certeza de que se aferran a otras para la transmisión de la verdad de la emoción.
Habrá un revuelo en las calles celestes cuando llegue desde la tierra. Una lucha infantil por su consecución, un revoltijo de manos y risas para apoderarse de este hito que nace del impulso amoroso por reencontrarse con el origen de sus dichas, con el júbilo que implantaron en sus corazones. En este primer caramelo, que no tiene retorno porque queda prendido en la memoria y en recuerdo, va el abrazo emocionado, la evocación de la entrega abnegada, generosa y desprendida de quienes nos precedieron en la alegría de esta ilusión que llega para renovarnos la vida.