Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra
Hoy mi memoria se ha disipado en el presente. como si hubieran sustraído, por la fuerza y sin misericordia, la historia que retenía. Las imágenes que se muestran a mi visión no son las que mi retina retuvieron, las mismas que quedaron prendidas en mí aquel final de invierno del setenta y uno, cuando abandonábamos mi pueblo para instalarnos en la urbe. Los campos de jaramagos salpicados de amapolas se han desvanecido ante los muros del progreso. El terruño rojizo, por el que navegaba el arado lastrado por un tiro de bueyes ya no es más que cemento y hormigón izado tras la modernidad de edificaciones sin sentido, sin medida, sin estilo definido, que no retienen historia alguna de las batallas libradas en su superficie. ¡Ay si supieran de ellas, si conocieran los héroes forjados en su tierra, de la sangre derramada, de las espadas quebradas y los escudos hendidos! Las fronteras marcadas por las grandes chumberas han perecido ante la exigente modernidad, tal vez ante la necesidad de quienes no tuvieron más remedio que sucumbir a la especulación para poder comer.
La ventana permanece inmóvil, testigo de la gran transformación, guardando silencio mientras le quitaban sus amaneceres turquesas y sus ocasos cárdenos. Ya no combate la lluvia ni se alfombrará el sembrado del níveo rocío, prendido en sus frutos, tras una noche helada. No vendrán a despertarnos el tintineo acompasado del rebaño de cabras que Inocencio trasladaba, fundido en la pelliza gruesa que le amparaba del frío o con aquella camiseta, casi un jirón ensamblado en su enjuta figura, que nos advertía de la proximidad de los calores.
Hoy he llegado a la memoria de mi infancia y se me ha derrumbado. Quiero transmutar el tiempo para hacerlo niño, para hacerlo juego, para que me acerque al acogedor calor de una estufa prendida a mano y soplillo en las tardes de invierno mientras las estancias se aromatizaban con la alhucema desprendida sobre el rescoldo. Hoy he querido deprenderme de mis años trayendo a Ignacio con su inocente y contundente filosofía, a que me explique porque siempre deambulaba acompañado de su soledad, con las manos metidas en los bolsillos y la chaqueta rozando sus hombros, ofreciendo la valentía de su cuerpo a la intemperie.
Esta mañana me ha sorprendido la nostalgia y no he podido desasirme de ella, con una breve y triste noticia. Hoy las palabras han asaltado mi corazón, lo han desbordado con su crudeza. No ha importado que los años hayan pasado con la celeridad de nuestras urgencias, ni que se hayan ido marcando -a fuego y sangre- las experiencias en el rudo y cruel tronco de la existencia. Todo ha transcurrido con la fugacidad de nuestros propósitos sin darnos cuenta de quienes van y quienes llegan.
He sabido que Ramón ya no está entre nosotros, que no pudo esquivar a la dama que nos iguala. Qué gran verdad. He querido conocer y las palabras del amigo, sobre su padre, han desterrado la corta alegría de este día oscuro. Sé por la memoria de los míos, de la lucha mantenida para acercar el pueblo a la ciudad, por adecuar sus necesidades a los tiempos. Ramón fue conductor de tranvías, mejor del tranvía de Coria, el mismo que hacía posible que mi abuela me pudiera besar o que me acercaba a la ciudad, en un viaje épico por campos de naranjales y limoneros, por las lindes de álamos asomados a un río, incluso para arriesgarme, en la tarde del cinco de enero, a ser pisado por conseguir el caramelo mágico de un rey. O unos años más tarde -defenestrado el pequeño tren por necesidades de progreso y logística-, que ahora retoman mi recuerdo para proyectarlo con mayor nitidez en la pantalla de mi pasado, asido al volante del autobús, siempre atento con los pasajeros y dispuesto a solucionar cualquier eventualidad.
La última vez que le vi arrastraba dignamente el peso de sus años por el paseo Juan de Mesa, que es un vergel abalconado al Guadalquivir, y su saludo se limitó a alzar la mano y ladear la cabeza, en la certeza de reconocerme pero sin ponerme en el lugar de su memoria, que es parte de la mía. Tarde llegó pero no puede desasirme de la melancolía de su desaparición. Hace unos meses Ramón condujo su último tranvía hacia la estación de los viajeros eternos.