Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra
Mi edad no me da más que para rescatar del pasado, de la historia reciente de nuestro país, una situación parecida al esperpento vivido en los últimos días, tras el secuestro del espacio aéreo español efectuado precisamente por quienes deben mantenerlo libre. Decía que tenía que recurrir al periodo anterior de la historia de España para encontrar una situación semejante. Fue cuando anunciaron el fallecimiento del general Franco. El blanco y negro de mi televisor me mostró al presidente del gobierno de entonces –el Sr. Arias Navarro aparecía abatido- comunicando su muerte. En aquel mismo momento se declaraba el estado de alerta en todo el territorio nacional, situación ante la que nos rebelemos algunos jóvenes de aquella época de tantas esperanzas en el horizonte. Incluso algún profesor del instituto San Isidoro nos conminó a recuperar el espíritu de combate de los días aciagos del principio de la guerra incivil. ¡Qué tiempos y que ilusos éramos!
La extorsión manifiesta de este grupo de élite de trabajadores, que vienen a ganar la ridícula cifra de trescientos cuarenta mil euros al año, debiera tener una respuesta contundente por parte de la administración del estado a la que compete. No debiera bastar con las burdas explicaciones de los responsables del sindicato de los controladores aéreos que intentan ahora traspasar los dolos ocasionados a cientos de miles de personas al Gobierno de la nación. Sin duda alguna habrá que delimitar estas responsabilidades. Tal vez no les falte algo de razón en sus exposiciones pero debieran haber utilizado los conductos propios para manifestarlas y hacerlas llegar a la opinión pública. Con esta aptitud han perdido una gran oportunidad de hacer valer sus derechos conforme a lo que establece la ley, lo que les hubiera dotado de la razón de la que se han visto desposeídos con su bandoleril comportamiento.
De haber reflexionado sobre las consecuencias que traería su declaración de guerra no hubieran actuado de la manera exagerada y prepotente que han mostrado. Por eso la postura que ha profesado el Gobierno instaurando el estado de alarma y sustituyendo a estos trabajadores por controladores militares se me figura la más lógica de las opciones, aunque provengan de estos políticos que han dejado tirado, en el barrizal de sus intereses, el status socialista –menos mal, porque si se hubiera procedido de igual manera desde el partido de la oposición estaríamos ahora, poco menos, que ene sado de guerra.
Familias enteras abandonadas a su suerte en los espacios más gélido e impersonales del orbe: los aeropuertos. Personas que no han podido cumplir con sus deberes profesionales, con compromisos turísticos de los que viven cientos de miles de familia en este país. Y lo peor que se han visto posibilitados a sustraer las ilusiones de las personas, que es el más ruín e indecente de los robos. Y ojo, que ahora llega la Navidad, donde el trasiego de ciudadanos –no sólo españoles- es numerosísimo.
Si no se toman medidas disciplinarias contundentes, si este episodio de extorsión y extralimitación de funciones se deja pasar sin acometer las necesarias restructuraciones, profesionales y personales, seguramente entraremos en el caos, porque la desesperación de los desheredados del estado, ésos a los que se les va a suprimir su único ingreso de cuatrocientos veintiséis euros, que no tienen ni una hora de trabajo, o a los autónomos que se verán abocados al cierre de sus negocios a pesar de las marotonianas jornadas laborales que realizan, puede desembocar en manifestaciones de la misma enjundia e ímpetu con la que han actuado los controladores aéreos.
Para escarmentar a los débiles siempre hay tiempo y ocasión, y a las pruebas me remito.. Y que conste que quien se manifiesta en estas líneas no ha volado en demasiadas ocasiones por la fobia a las alturas que padece y que su medio de transporte habitual es cualquier terrestre, principalmente bicicleta, vehículo que no necesita más control que el del respeto que me dicta mi propia conciencia.