Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra
Comenzaban a ahogarse las horas en el mar de sus quimeras. Apenas podía conciliar el sueño y la noche se transformaba en hermosa vigilia. Cuando Morfeo lograba atraparle en sus brazos, avisado por la candidez y el placer que le procuraban su propio cansancio, la madrugada ya se había consolidado en los confines del universo. Si el frío arreciaba, porque el otoño ya comenzaba a dejarse vencer por el invierno, se arropaba bajo las mantas y una agradable sensación de protección y seguridad ascendía conforme el calor se iba apoderando de su menudo cuerpo.
Era el tiempo su enemigo a vencer y en la denodada lucha parecían alargarse los días. Las horas se estiraban hasta convertir su minutero en una especie de alargado cordón que lo ataba a la desesperación. Cuando lograba engañar al espacio y la distracción le retiraba de su abatimiento con la aventura de los juegos, en aquella plaza que se transformaba en fortín asaltado por turbas de infieles -por obra y gracia de la magia y de la asombrosa imaginación de la infancia- en redondela donde se libraban aparatosas batallas o se disputaban diariamente finales de fútbol o atletismo, el tañir de las campanas se convertía en memoria y nostalgia del tiempo que restaba para los grandes días, para los más hermosos, para aquéllos en los que retornaban los bellos recuerdos de una mano que le acercaba a otra para recibir la gracia de las gracias.
El viento, cuando aullaba y mordía sesgadamente los cristales, alterando y descomponiendo las sombras tras los visillos, que se balanceaban sutilmente, le hacían contraerse y ajustarse al lecho, mortificando su necesidad de encontrarse con el sopor que parecía no llegar nunca para atraparle en la placidez de la nada, donde se disolvía todo tiempo hasta que la luz de la mañana, punzada y filtrada por los resquicios de la ventana mal ajustada, sustituía al alarido de Eolo de la noche anterior y álamos del río ya no danzaban, le devolvían la alegría y el júbilo de haberle sustraído una jornada al calendario.
Y cuando hundidos en la amargura de la derrota, por el ejército triunfante de su ilusión, se asomaban los últimos días del otoño, aunque los fríos dibujaran ya retazos de invierno en los perfiles de los aleros de las casas, a la espadaña de los sueños que se mostraban por la Resolana, comenzaba a invadirle una extraña sensación, que se manifestaba en euforia no contenida –como no se puede retener la tristeza tampoco- y enseguida encaminaba sus pasos a la casa donde habitaba la Dueña de sus sueños, que baja estos días de sus aposentos para manifestar que la grandeza de Dios, aquel anciano con barba insinuada de niebla que se aparecía en sus libros de religión, pero tan poderoso que era capaz de incitar al viento para procurar su temor, se mostraba en Ella. Que todo el poder de la luz tiene su procedencia y se irradia en el mensaje de Esperanza de sus ojos.
Por éso, cuando el nacimiento de Jesús está tan próximo, en las vísperas del regreso del amor y la Vida a este mundo, y a pesar de haber vencido al tiempo durante siete décadas, sigue encaminando sus pasos en busca del faro que le guíe y proteja, para posar un beso en la mano que atenaza su vida y que va dotándole constantemente de ESPERANZA.