Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra
Por más que algunos lancemos nuestros gritos al cielo, por más que supliquemos la intervención de quienes tienen la obligación de velar por los intereses, personales y patrimoniales, de esta Sevilla nuestra, ante los desmanes que se cometen, a veces con impunidad y alevosía, hacia la memoria de esta ciudad, parece que estemos predicando en el desierto.
Vienen al caso estas palabras por el precario estado en el que se encuentra el monasterio de Madre de Dios de la Piedad, de las madres dominicas, y sito en la calle San José. Hay quien pudiera pensar, cuando repase estas líneas y en estos tiempos en los que algunas levantas sus voces para proclamar la independencia del estado español y de la Iglesia, que las reformas necesarias para la recuperación del emblemático edificio debieran ser acometidas por la Institución Católica. Pero hemos de recordar que todo el cenobio, incluida la iglesia, fue declarado Monumento Nacional en 1971, por lo que alguna responsabilidad debe asumir el estado en la recuperación de este magnífico edificio que acogió entre sus muros a la mismísima reina Isabel, la Católica, que fue precisamente quién donara a la congragación la manzana –actuales calles San José, Federico Rubio y Madre de Dios- sobre la que se construiría gran parte del monasterio durante los siglo XV y XVI.
Lo más lamentable de esta situación es el progresivo deterioro que sigue devastando a este convento y que si nadie lo remedia nos podría privar de su contemplación, con lo pudiera conllevar de la pérdida de las obras de arte que se atesoran en el interior.
Hasta fecha se han acometido diferentes obras para la conservación y mejor habitabilidad de las zonas donde las monjas realizan su vida contempaltiva y cotidiana, labores que se han podido llevar a cabo gracias a la generosa donación de particulares y algunas entidades particulares. Incluso podrían arbitrarse, si no hay fondos destinados a ello, medidas para devolver las partidas destinadas en plazos por la Iglesia. Mientras tanto se llega a una solución consensuada el grueso de la empresa aún queda por atender.
Un edificio de estas características, con la historia que se guarda en sus muros, con el esplendor de su arquitectura y de sus obras de arte, siendo además Monumento Nacional, hubiera sido recuperada hace ya algunos lustros, en un país con una mayor preocupación formativa, cuando surgieron las primeras alarmas y su uso podría haberse compartido con otros menesteres culturales, que la oración no es incompatible con la expansión de los conocimientos artísticos, por ejemplo, lográndose la recuperación de un espacio que ha sido santo y seña de esta parte de la ciudad, tanto religiosa como arquitectónicamente.
Pero hoy en día, las instituciones que debieran preocuparse por este tipo de acciones culturales, se encuentran más preocupadas y dedicadas a participar sus intereses en luchas cainitas, en ocupar puestos de responsabilidad en las diferentes áreas administrativas del gobierno local o autonómico para poder potenciar leyes, que les procuren más votos, y que permiten la destrucción de los valores más elementales y dedicando las partidas presupuestarias en dotar de los instrumentos necesarios con los que destruir la vida naciente, validando de esta manera la incultura institucional para regocijo de los que se interesan en propagarla con el fin de obtener beneficios propio.
Así gestionan el patrimonio de todos, instituyendo la ignorancia. Mientras los edificios emblemáticos de la ciudad -como el cenobio de Madre Dios- agonizan ante la mayor de las desidias.