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Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra

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ESTADO DE BIENESTAR

         SAN-BERNARDO.jpg      

 

                  Me asaltan las dudas sobre este estado del bienestar que nos han presentado como modelo de vida, como ejemplo de placidez social, que se nos muestra constantemente desde todos los medios posibles como el mundo ideal, como la panacea de occidente, y que cada vez es menos próspera y en constante recesión. Me sobrecoge la capacidad de sufrimiento de una clase social que comienza a verse relegada al ostracismo, a la que no se le dan soluciones a sus acuciantes problemas y a la que se perturba, cuando no se la castiga, con nuevos remedios que vienen, no sólo a  agravar su situación mercantil y familiar, sino a potenciar el decaimiento moral y económico de su estatus.

                Nos han venido vendiendo un modo de vida ficticio, artificial, de supuesto niveles de los que jamás habíamos gozado. Quiénes han vociferado y potenciado estos favores de la consecución de esta bonanza financiera vienen ahora a sustraernos, no ya los créditos concedidos –de los que obtienen unos jugosos réditos- si no las propias ilusiones, los fundamentos vitales y esenciales que dignifican al ser humano. Nos están quitando la dignidad a base de refregarnos por la cara la escasez liquidez del estado. Una situación que ellos mismos han propiciado.

                Los argumentos que esgrimen son tan poco válidos, tan escasos en sus fundamentos, que bien, en otros tiempos, hubieran provocado una revuelta social, cuando no una revolución.

                Paco, un viejo amigo, sin edad ya casi para retomar unas nuevas conductas y modos de vida, aunque su vitalidad le permite mantenerse y mantener cierta dignidad, se levanta cada mañana con un sobresalto en el corazón, cona linquietud anegándole el espíritu, esperando una citación judicial que le prive del techo que durante más de cincuenta años se ha merecido con su esfuerzo y su dedicación, con su trabajo y cotización.

                Mi amigo nació en las entrañas mismas del barrio de San Bernardo, hoy desposeído de su nobiliario título popular para convertirse en núcleo residencial de unos privilegiados que han podido acceder y afrontar el coste sobre elevado del precio de las viviendas. Vio su primera luz hace más sesenta años en una iluminada habitación de la calle Central y durante estas décadas ha podido vivir y desarrollar su vida en este espacio, en el enclave que sirviera de base logística a San Fernando para la reconquista de la ciudad. Ha visto como el esplendor de los siglos se ha ido desvaneciendo y derrumbándose inmisericordemente ante la emergente especulación urbanística que no ha dudado en traficar con los sentimientos y la falta de formación e información de quienes componían el censo del viejo barrio ferroviario, o torero, transformando sus calles en solitarias vías de tránsito. Paco ha contemplado cómo los años han ido desangrando la forma de vida, casi familiar, de los vecinos hasta convertirse en un conglomerado de residencias, inhóspitas la mayoría de ellas, donde se potencia toda incomunicación. Ha visto macharse a su padre sin saber que otro de sus hijos acudía, una tarde de miércoles santo, a la llamada del Dios que llevaba sobre sí; o como su madre se consumía en la habitación de un hospital mientras pedía que le llevaran a su casa. Toda su vida gira, por mucho que intente obviarlo y disimularlo, entorno a este barrio de esplendores antiguos y rejuvenecimiento ruín y engañoso, al que le han quitado su alma.

                Pronto quedará desahuciado porque la vivienda que ocupan -de régimen protección social, ojo- en la misma calle donde naciera, tendrán que abandonarla para ser entregada a otra –de la que no me cabe duda mantiene los mismos derechos constitucionales sobre la necesidad de una vivienda- que la ocupará temporalmente hasta que pueda resolver su situación social y económica.

                Por eso me da miedo cada vez que alguien elogia este estado de bienestar –que será para algunos- del que presumen. A Paco, con más de sesenta años, no sólo le quitarán la vivienda, le están quitando sus recuerdos, su infancia, su vida y su modo de entenderla. Lo destierran al ostracismo, al lugar donde habita el olvido.

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