Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra
La noticia sobre la imputación racista que una familia musulmana ha manifestado y promulgado públicamente sobre un profesor de geografía, del instituto de la Línea de la Concepción “Menéndez Tolosa”, don José Reyes Fernández, por su alusión, durante el ejercicio de su labor pedagógica, al benefactor clima de la Alpujarra granadina sobre el jamón, viene a confirmar el comportamiento absolutista de las minorías que la sociedad española viene padeciendo desde hace años y que soporta sin ninguna interacción del gobierno de la nación.
Parece ser que la mayoría de este país llamado España –de momento-, que se ha declarado católica y a la que se restringe de manera abusiva y premeditada la práctica de su fe, no puede hacer uso de su libertad de conciencia educacional y mostrar en sus estamentos pedagógicos la bondad de su clima y mucho menos los efectos positivos que sobre el despiece del cerdo tiene para el organismo y para el placer culinario.
La violencia con la que se ha manifestado la familia “agredida” por este profesor de instituto, que no hizo más que cumplir su labor educativa y formativa con los alumnos a su cargo y que presumo mayoritariamente cristianos o agnósticos, pero respetuosos con la cultura milenaria que los observa, manifiesta a las claras el proceso de degradación de los valores nacionales, que se recogen explícita y claramente en la Constitución Española, que debiera ser garante para los ciudadanos que conforman y acatan sus directrices y normas, y que se vienen potenciando desde los más altos niveles políticos en beneficio de las culturas que llegan desde otras latitudes y que demuestran altos grados de intolerancia.
Me parece perfecto que quienes mantenga una filosofía de la vida distinta a la nativa, y quieran participar del bienestar y libertad que en sus lugares de origen se les niega, puedan desarrollarla con los motores que les facilita el sistema para su práctica y hasta fomenten y fortalezcan sus creencias entre sus fieles. Pero la intransigencia manifiesta que demuestran con quienes no participan de su fe, de sus costumbres y creencias, con el agravante de hacerlo en la propia tierra de quienes consideran sus oponentes, no puede suponer un enfrentamiento tan contundente y feroz como el de esta familia musulmana. Lo peor de todo este incongruente asunto es el consentimiento político que le respalda y auspicia.
Seguramente en sus países otras culturas se verán subyugadas a sus creencias y costumbres, cuando no prohibidas, censuradas y hasta castigada la práctica de otra fe que nos sea la suya.
Mi tía Angelita fue inmigrante en la Alemania de la posguerra mundial. Devastada por los bombardeos aliados fue necesaria la participación de muchísimos trabajadores de diferentes nacionalidades, en especial españoles, para la reconstrucción de sus ciudades, sus empresas y por supuesto para su emergente economía. En cuanto llegó al lugar de su nuevo trabajo le indicaron, en perfecto alemán, sus nuevas tareas. Le mostraron muy cortésmente cómo llegar a la iglesia católica más cercana y hasta donde llegaban sus derechos. Enseguida entendió que la cultura y las tradiciones alemanas regían la vida de TODOS los habitantes de la nación. Aprendió alemán, adoptó nuevas formas de vida para integrarse en aquella sociedad de bienestar y agradeció siempre el correcto trato recibido. Jamás atacó ni los valores, ni las instituciones, ni la cultura de la nación que la recibía con los brazos abiertos.
Si las fuerzas y responsables políticos no dictaminan y corrigen actitudes y aptitudes de esta naturaleza muy pronto nos veremos sometidos a la dictadura de las minorías. Permitiendo estas manifestaciones, a todas luces injustas, y estas conductas fanáticas –vengan de donde vengan- lo único que conseguiremos será favorecer otros comportamientos tan deplorables como aquellos y que hasta alguno podía llegar a justificar.
La no permisibilidad para exponer los símbolos religiosos de la mayoría y sí el consentimiento de la crítica feroz hacia los ciudadanos españoles por expresar, y en este caso, por cumplir con la función pedagógica encomendada para la formación de la mayoría de los naturales de esta país, es sin duda alguna un ataque a la dignidad y puede suponer un agravio comparativo.
Nuestra cultura es tan respetable como la de los que llegan, vamos creo yo.