Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra
Fluctúan las pequeñas luces en el aire, donde antes habitó el aroma del incienso. Buscan los espacios para tomar cobijo las emociones, esas que se contienen cuando las miradas atraviesan las naves de la Basílica para cruzarse con la Suya. Se ha diseñado un camino de amor que va desde su altar al presbiterio, un trazado iluminado por lágrimas, por la cedente adoración que brotan de unos labios, trasgrediendo el tiempo, convertida en simple oración, peticiones que remueven el alma si llegara a ser escuchadas.
No importa que hoy la noche se haya demorado porque las luces agosteñas se obstinen en permanecer en lo más alto, en las rendijas de las vidrieras, en las linternas de la bóveda que posibilitan idilios de amor cuando la plata reluce con Su presencia, asomándose y reptando por los recovecos del retablo, por las hojarascas que brotaron de la simiente de una gubia que fue profanando la madera hasta hacerla oropel divino para salvaguardar a la Madre, que hoy contempla absorta y orgullosa al Rey, fruto de su virginal vientre, para llegar hasta el impasible y sereno rostro que vela por los suyos, voz del silencio clamando la humildad como prebenda de amor.
Llegarán sus guardianes, los fieles que atraviesan la densa calima, que se enfrentan a las horas del sopor sin importarles el diezmo que habrán de pagar soportando el rigor de la tarde, de este primer viernes de agosto, porque hallarán la recompensa en la caricia de unas manos que fueron inmoladas para este fin, manos de padres que buscan ausencias en el brillo de sus ojos, hijos que aciertan a desenmarañar el pasado y descubre el dulzor de la promesa cumplida que un día brotó de unos labios y una voz que sólo reconocen cuando se enfrentan a Él, respeto y admiración porque saben que la dicha y la ventura, la tierra ofrecida manan de su Sagrado Corazón.
Hoy, primer viernes de mes, en esta cita que preconiza el clamor y se advierten sonidos de una mañana de Viernes Santo, palabras que cruzan aceras para perpetuarse en la eternidad establecida en la calle Feria, en los muros de la memoria que se levanta en Relator, vuelve el esplendor del tiempo más hermoso. Cuántos asistan a este encuentro podrán mantener la certeza de haber pasado por el espacio azulado del cielo de la Macarena.
Hoy, primer viernes de mes, como cada jornada en la que viene a ofrecernos el amor apresado en Su semblante, gozaremos de la presencia inequívoca de Dios presentado a los hombres, de Dios inmolado por nosotros con el fin de ofrecernos un vida nueva, una existencia plena de Esperanza, Dios verdadero sacramentado ante quienes conocemos el valor intrínseco que posee su Adoración, Dios que no duda en sacrificarse para elevarnos al cielo, a los terrenos que se aran con zancadas de costaleros, sembradas de la esencia que dibujan con vueltas marcadas de los Armaos, regadas con la cera suspendida del penitente y florecida con la devoción argéntea que se alza para iluminar el camino por el que transitará el Dios Hombre que ofrece clemencia.
Hoy primer viernes de mes, honor y gloria a Él, busca el resplandor que se enfrenta al atrio, mantén la mirada y deprecia tu orgullo, que el Cristo que tanto añoras, el Señor que preside tu ilusión, hace realidad el sueño de poder rozar sus manos y enraizar en ti la bienaventuranza que buscas. En frontispicio a tu mirada, sin distingos de clases, sin prepotencias que alteren las emociones, se iguala Dios a ti.
Hoy primer viernes de mes te busca el Señor de la Sentencia para enseñarte que tras Él, junto a Él y con Él, siempre encontrarás la Esperanza.