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Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra

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JUAN RUIZ CÁRDENAS

1255171459453JUANRUIZCARDENAS002dn.jpg            Nunca podré corresponder a la deferencia, inmerecida a todas luces, que tuvo hacia mi persona, ni tendré las suficientes palabras para agradecer la confianza que un día depositó en mí. Mi único aval -por aquellos días de dos mil uno, en los que septiembre medianeaba y las tardes languidecían al son marcado por hojas doradas que comienzan a alfombrar las aceras- para ultimar aquel grupo de personas que formarían parte de la nueva Junta de Gobierno, era ser macareno, una condición que poseen millones de personas en el mundo. Mi básico rango se sustentaba -y sustenta-, en mi devoción a la Santísima Virgen de la Esperanza y al Señor de la Sentencia, de Quién tuve el honor de ser su costalero durante diecisiete años. Ésa era mi ínfima carta de presentación, o mejor dicho los argumentos por los que me llamaron. Aún así, puse en duda mi participación en aquel proyecto, pues sabedor de los sacrificios que conllevaría ingresar en aquel grupo de provilegio dudaba de cómo podría compensar los deficit familiares que llegarían cuando adquiriese la repsonsabilidad. Acudí a la cita con aquella sensación. No me explicó ningún proyecto, ni detalló logros a conseguir en los cuatro años que duraría su mandato. Tan sólo me dijo que la Virgen nos iría dictando nuestros quehaceres. No lo dudé. Disolvió con dos palabras todas mis incertidumbres y comencé a experimentar una extraña sensación de bienestar. En ellas se compendiaba todo un mensaje de Esperanza.

Así fue. Durante el tiempo de sus ocho años al frente de la Corporación Macarena -antes había dedicado veinte en otros puestos de repsonsabilidad en diferentes Juntas de Gobierno- se trabajó a destajo para cumplir cuánto nos mandaba la Virgen. Ocho años de laboriosidad incesante, pero gratificante. Un tiempo en el que la Hermandad se posicionó en lugares donde jamás había estado. Las puertas siempre abiertas; siempre a disposición de los Hermanos con los que se mejoró notablemente la relación. La Basílica acogió grandes acontecimientos, se estrecharon lazos con las Hermandades, se celebró el I Centenario de la Concordia, con unos actos tan dignos que bien pudieran haberse organizado por cualquier importante ayuntamiento de la nación, se concretó el I Encuentro de Hermandades de Nuestra Señora de la Esperanza,  se incrementaron los cultos, se instauró la nueva capilla Sacramental, con todo su ornamento litúrgico, se acometieron empresas que, por muy descabelladas que pudieran parecer, llegaron a buen puerto, construyendo uno de los museos emblemáticos de la ciudad sin que su coste repercutiera en la economía de la Hermandad, amén de la subvención que aún el Estado debe hacer efectiva y que está a la espera de una resolución del más alto tribunal de nuestro país. Se hizo al fin Hermandad.

Pero no fueron lo más importante estos logros, que todos conocemos y que todos valoramos en la más justa de las medidas. Lo verdaderamente magistral, lo que me llena de satisfacción en estos casi dos lustros de cooperación, es haber encontrado a una persona buena, con la que era fácil hablar, alguien que se desvive por su proyecto sin esperar ningún reconocimiento, una persona fiel a sus principios, coherente con su estilo de vida y con una moralidad tan extaordinaria que se hace querer por todos.

Juan Ruiz Cárdenas ha sido el mejor Hermano Mayor que ha tenido, hasta el día de hoy, esta Hermandad que despierta tantos sueños, tantas ilusiones, en las que muchos se fijan para hacer las cosas. El esplendor renacido en la última década ha dejado profunda huella en todos los macarenos de bien. Su nombre no podrá disimularse en el futuro, por mucho que su humildad le imponga. Ha escrito unas páginas de nuestra historia con letras de oro y ha dejado una estela que procuraremos seguir, cosa que no será en absoluto fácil. La hermandad le debe mucho, más de lo que él  supone y de lo que no presume. Ahí  radica su grandeza. No hay que buscar más que un "culpable" a estas consecuciones: Juan Ruiz Cárdenas, un hombre bueno, siempre dispuesto a cumplir lo que la Virgen le ordene.

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M
<br /> Para mí también D. Juan Ruiz Cárdenas ha sido un referente de Hermano Mayor por derecho, sabiendo y queriendo a su Hermandad que es la mía y dando a cada uno su lugar. Tuve la dicha de ser nombrada<br /> pregonera de la Esperanza en su mandato y he gozado de sus continuos favores en pro de la entrega a los más necesitados. Qué la Santísima Virgen de la Esperanza no aparte sumirada de tí. Un abrazo.<br /> Maruja Vilches<br /> <br /> <br />
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R
<br /> Es un gran señor, de los pies a la cabeza, gran cofrade, gran conversador, noble y elegante. Un gran Hermano Mayor que ha marcado una época importante en nuestra Hermandad de la Macarena.<br /> <br /> Y a tí, Antonio, felicidades por tu incorporación al mundo de la blogosfera. Un fuerte abrazo<br /> <br /> <br />
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