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Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra

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LA CIUDAD DEL ESCRITOR

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Las hermandades tienen cualidad que las hace distinta de otras corporaciones laicas o  empresariales. Poseen en su espíritu fundacional la virtud, unidos en la común profesión de la fe –Dios centro nuclear de la existencia-, de congregar a personas de muy diversa ideología, raza o condición entorno a una advocación de Jesús y de su Bendita Madre, para mayor gloria del Ser Supremo. Las primeras sólo precisan del amor y querer amar. Las segundas giran sobre ejes materiales que necesitan de la obtención de beneficios tangibles, sólidos, para la justificación ante otros que a su vez habrán de acreditar éstos ante terceros, en un perseverante ajetreo centrípeto que nos arrastra hasta desposeernos de un bien esencial, primordial: el tiempo. 

Las Hermandades, en nuestro tiempo, forman constantemente, informan adecuadamente, manifiestan su  doctrina sin necesidad de imposiciones terciarias, se comparten sufrimientos y alegrías. No hay instituciones, corporaciones o empresas, de la índole que quieran, que se adapten mejor a los tiempos en los que desarrollan su abnegada labor para y por la Iglesia de Dios, que las Hermandades. Siglos abriendo nuevos caminos,  despejando campos de matojos que no oculten la Verdad, derribando cercas que dejen aproximarse a sus Hermanos hasta las mismas plantas de Cristo.

Quienes participan de la vida hermandad, quienes se involucran y comprometen en activar y orientar sus existencias desde estas corporaciones católicas, conocen  un camino expedito para llegar a Dios, una senda ilusionante que no requiere de esfuerzos y sí de muchos compromisos, deberes adquiridos que fueron dejándonos quiénes nos precedieron y que vamos constante e incansablemente agrandando con la demostración fervorosa hacia María.

Oí decir en cierta ocasión, durante una de las jornadas de un congreso literario, a un escritor –creyente, mas poco participativo de sus ritos y liturgias-, que las ciudades no existen, que son los delirios de cada uno de sus habitantes, cuando proyectan su desesperación, quienes concretan sus espacios y delimitan sus escenarios para representar el gran teatro de la vida. Sólo, dijo, he podido constatar y admirar la maravillosa sustancia de una ciudad en Sevilla, donde las realidades son sueños –o los sueños nacen de las realidades-, y donde se concretó ante mí la más hermosa turbación que ha asaltado mi espíritu jamás. Era diciembre y la Madre de Dios me ofrecía su mano, no había distancias aunque me sintiera lejos. Sólo la Virgen y yo. En Ella percibí la grandeza de quiénes –para su suerte– pueden tenerla cerca siempre. Sólo en Sevilla, en la Macarena, he podido constatar la certeza de la vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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