Esta es la ventana a la que me asomo cada día. Este es el alfeizar donde me apoyo para ver la ciudad, para disfrutarla, para sentirla, para amarla. Este es mi mirador desde el que pongo mi voz para destacar mis opiniones sobre los problemas de esta Sevilla nuestra
La integración de los antiguos espacios industriales de la ciudad, ahora la mayoría de ellos en desuso o abandonados a su propia suerte, se han visto incrementados por los de la Real Fábrica de Artillería, la más antigua del mundo en su género, que se ven despobladas tras el traslado de la Delegación Militar de Andalucía a unas nuevas dependencias, remozadas y con mejores instalaciones, en el antiguo destacamento de Monterrey, en la misma Avenida de Eduardo Dato.
La emergencia por retirar de los centros históricos estos magníficos edificios, ante la posibilidad de accidentes que pudieran provocarse con sus actividades industriales, ha promovido la especulación territorial de sectores de la ciudad –véase la antigua Pirotecnia o la fábrica de vidrio de la Trinidad- que se hicieron o se pretende llevar a cabo, en el segundo de los casos, desposeyendo a las generaciones venideras de este legado que tanta vida y tanta hambre quitó, en los difíciles años de la posguerra.
El valor sentimental que guardan es inconmensurable. Las naves de la fábrica de artillería son el vestigio, no ya de la decadencia mercantil de esta ciudad y de la preconización de la muerte de un sector que dio tanta gloria a Sevilla, de una época en la que la capital era santo y seña de la producción metalúrgica de carácter belicista y civil. En ellas se fundieron los leones que custodian el edificio del Parlamento en Madrid, y hasta hace muy poco tiempo, estos magníficos ejemplos del buen hacer de sus oficiales y peones, permanecían en estas instalaciones de San Bernardo, custodiando sus puertas principales y pregonando el origen sevillano de aquellos que lucen todo el bronce del sol de Andalucía en la Carrera de San Jerónimo.
Si Dios no lo remedia este emblemático edificio quedará abandonado, ubicado en el purgatorio del olvido hasta que un día se desmembré cualquier parte de su espléndida cubierta, las fachadas se vean perforadas por la acción de la humedad y de las inclemencias atmosféricas o, aún peor, una banda de sinvergüenzas, con la mayor impunidad, la saqueen y desvalijen de los útiles que pudieran haber quedado presas en algunos departamentos. Entonces vendrá el lamentar y el crujir de dientes de las administraciones y de las onegés pertinentes y las obras de acondicionamiento –si no se deja morir para ocupar con suntuosos edificios su valioso suelo urbano- serán de tal magnitud que se alagarán, o eternizarán, hasta que unas elecciones meta prisas para concluirlas.
La Fábrica de Artillería es un ejemplo de la mejor arquitectura industrial, que desde el siglo XV ha venido dando ejemplos de espacio utilizable sin alterar su fisonomía. En la actualidad son numerosísimos los usos a los que se puede destinar un edificio de estas características, desde los meramente administrativos hasta los siempre socorridos culturales. Lo importante es recuperarlo y que no caiga en el vaivén de decisiones políticas de a quién corresponde su restauración, adecuación y su acondicionamiento final. Lo verdaderamente esencial es dotarlo de un uso, de fomentar la utilidad de sus excelentes espacios escénicos, restituir su memoria, no dejarlo morir al fin.
Qué hermoso sería verlo resplandecer como en sus inicios. La actividad es lo de menos. Hasta grandioso museo pueden acoger esas naves donde aún retumban voces y el acero de los martillos repicando sobre yunques, dando forma y horadando huecos para que se escribieran los más gloriosos episodios nacionales de últimos siglos. A ver si es posible que a esta memoria, tan nuestra, tan de todos, le echen cuenta nuestros dóciles y partidistas políticos.